De niño, en Little Italy, Martin Scorsese estaba en medio de una encrucijada: sería sacerdote o gángster.
Ese era el dilema de este joven hasta que se matriculó en la Universidad de Nueva York y encontró en el cine una tercera opción de vida.
En las calles respiró violencia callejera. Las pandillas ejercían una moral y un código de justicia distinto al resto de la gente.
Scorsese vio, desde la ventana de su humilde apartamento, acabar pronto la vida cuando una bala le desbarataba la cara a cualquiera.
RECONOCIMIENTOS
El Irlandés (The Irishman) recibirá nominaciones al Óscar en categorías como mejor película, director, actor principal, actor secundario, guión adaptado, cinematografía y edición, entre otras
Su cine, como el de sus queridos Nicholas Ray y Sam Fuller, es sobre el ascenso y caída de unos personajes que sobreviven a una violencia que es física, emocional, ética y inmoral.
Sus personas se la juegan a cada rato como queda evidente en Casino, Buenos Muchachos, Toro salvaje, y en su más reciente producción, la admirable El Irlandés (The Irishman), drama biográfico que se basa en el libro I Heard You Paint Houses, de Charles Brandt y adaptación de Steven Zaillian.
Scorsese comenzó su fascinación por el séptimo arte viendo en la pantalla grande o por televisión películas tan dispares como las firmadas por King Vidor, Minelli, Richard Brooks, Víctor Fleming, Hawks, Walsh y Nicholas Ray.
Así comprendió que podía construir sueños y causar pesadillas en una misma historia audiovisual.
El Irlandés, candidata segura a varias categorías en el premio Óscar, continúa un camino trazado por Scorsese: el realismo expresivo y sucio que ocurre en los barrios dominados por los malandros.

La fascinación de Scorsese por el lado salvaje del alma humana que busca a su manera alcanzar el sueño americano es una tradición que antes de él ya habían hecho, con igual tono, colegas suyos como los maestros Stanley Kubrick, Fuller, Brooks, Nicholas Ray y Robert Aldrich.
El sacerdote que no fue ha hecho un cine con reminiscencias católicas: antihéroes que son ángeles exterminadores o pecadores sin remedio (por ejemplo, Frank Sheeran, la figura principal de El Irlandés), una tendencia que otros directores influidos por la fe romana y apostólica han desarrollado con igual destreza como Copolla, Robert Altman, Cimino y De Palma.
Los personajes de este italo-americano y de origen siciliano, en especial los seres masculinos de sus tramas, ejercen a la brava rituales basados en el dolor y la expiación.
La violencia de sus argumentos son el reflejo de un Estados Unidos que la ha convertido en un espectáculo morboso; su violencia es crítica y catártica de un Occidente que se cree demasiado civilizado, aunque sus actos no siempre lo evidencian.
Allí están como prueba Taxi Driver, Toro salvaje, Calles peligrosas, Casino o El Irlandés para mostrar que no somos tan humanos como nos gusta engañarnos al vernos al espejo por las mañanas.
En El Irlandés, como en el resto de su filmografía, los actos bárbaros son hijos de la desigualdad, de la falta de oportunidades, de buscar el camino fácil, de la falta de cordura, de ese afán por terminar en un noticiero de televisión o en la portada de un periódico sensacionalista.
El Irlandés, sobre la peculiar relación entre Don Bufalino, Frank Sheeran y Jimmy Hoffa, también es una reunión con tres de sus actores más fieles, y cuyas carreras le deben mucho a Scorsese: Robert De Niro, Joe Pesci y Harvey Keitel.
Es un encuentro con intérpretes fantásticos, capaces de despertar admiración y miedo en la platea.
Enhorabuena Martin Scorsese por ser capaz de ofrecer un cine criminal, perverso, pertinente y moralista, lleno de crueldad, pero también de un sentido de culpabilidad.
En últimas, sus películas son sobre el lado sombrío que todos tenemos, que algunos negamos, que otros controlamos, y unos más dejamos en terrible y absoluta libertad.

