Ennio Morricone quería ser ajedresista. De niño se veía jugando partidas exitosas con las mentes más brillantes del planeta. Con el tiempo descubrió que Pitágoras tenía razón cuando asociaba las matemáticas con la música porque pasó de hacer cálculos ante un tablero a ser el afamado compositor de las más hermosas bandas sonoras (prefiere llamarles música para el cine).
Las generaciones más jóvenes quizás lo asocian con Los odiosos ocho (2015), película de Quentin Tarantino cuya banda sonora hizo Morricone y le dio su primer tardío premio Óscar (tiene uno por trayectoria, pero ese no vale porque es la manera que tiene la Academia de Hollywood de pedir perdón cuando ha obviado a un genio).
El italiano Ennio Morricone, quien junto con su colega estadounidense John Williams, obtuvo hoy el Princesa de Asturias de las Artes, comenzó su condición de leyenda cuando el 12 de septiembre de 1964 se estrenó en un cine de Florencia la película Por un puñado de dólares, un título esencial del spaguetti western y de su carrera como músico.
Antes de ser un habitual en los estudios de grabación, para ganarse la vida fue trompetista en clubes nocturnos de Roma durante la Segunda Guerra Mundial.
El que también tuvo sueños de ser médico ha curado las heridas del alma de todo enfermo cinéfilo con la música que ha compuesto para clásicos del séptimo arte como Por un puñado de dólares, La muerte tiene un precio, El bueno, el feo y el malo, Novecento, Érase una vez en América, La Misión, Los intocables de Eliot Ness, El hombre de las estrellas, La leyenda del pianista, entre tantos otros, sin contar las decenas que no firmó en sus inicios porque era un escritor fantasma (un autor anónimo escribe y otro firma públicamente como el responsable).
Las películas de los directores Bernardo Bertolucci, Sergio Leone, Pier Paolo Pasolini, Giuseppe Tornatore y Brian de Palma no serían las mismas sin este hombre que siempre ha aspirado a perseguir y alcanzar la perfección y que ha usado su fortuna para aumentar su colección de esculturas, pinturas y objetos antiguos.
Ennio Morricone siempre ha sido un músico que le ha gustado trabajar dentro del llamado cine de autor y siempre ha tenido que respetar o admirar a un director antes de aceptar colaborar con él. El lado comercial del cine de consumo masivo lo ha tentado muchas veces y ha caído en contadas ocasiones, una manzana que ha mordido más de una vez John Williams.
El que se define como un instrumento al servicio del director y de la película que éste rueda fue uno de los pioneros en convertir en éxitos industriales las bandas sonoras de las producciones al conseguir millonarias ventas por sus creaciones.
Su ética laboral es tan alta que no le gusta ofrecerle a un director una música que tenía guardada para otro proyecto que no funcionó, ni le agrada componer a partir de piezas de otros. Su dinámica, cuando se puede, es ver un primer corte del largometraje para luego ponerse a componer. Otra opción es sentarse a escuchar por horas al cineasta para que éste le cuente la película como si estuvieran en una sala de proyecciones.
También ha influido en álbumes de las grandes bandas de rock como S&M de Metallica (inician sus presentaciones con un fragmento de una pieza de El bueno, el malo y el feo); Magnificent de U2 y Ok Computer de Radiohead. Hasta sus melodías se escuchan en los videojuegos.
La comunidad cinéfila del planeta está contenta por la distinción obtenida por este hombre que es el heredero de aquellos pianistas sin nombre que se les pagaba durante el cine mudo para que tocaran en las salas de cine.

