Desde series de culto como Los Sopranos y Breaking Bad, pasando por OZ, Boardwalk Empire y Weeds, la televisión de los últimos 25 años ha presentado personajes que en el pasado hubieran sido fácilmente calificados como meros villanos, y por regla general, llevados al extremo de la caricatura.
Obvio. Tony Soprano, Enoch Nucky Thompson y Walter White, más el resto de la pandilla de los malhechores protagonistas de estos programas, son tipos que cualquiera debería temer, pero también tienen ese costado contradictorio que los hace vulnerables en medio de sus actos brutales y sus actividades fuera de la ley.
Por esos derroteros transita el comportamiento de los personajes de otro programa de alto vuelo de más reciente estreno: La casa de papel, cuya cuarta temporada está disponible por Netflix.
Cómo no querer e identificarse con algunas de las opiniones y varias de las actitudes del Profesor (Álvaro Morte), Nairobi (Alba Flores), Tokio (Úrsula Corberó), Río (Miguel Herrán), Helsinki (Darko Perić), Denver (Jaime Lorente), Estocolmo (Esther Acebo)…
Porque los asalta bancos de la más icónica de las plataformas de streaming son una versión moderna de Robin Hood, con la diferencia que están liderizados por un héroe y forajido que parece la representación de figuras contestarias como Slavoj Zizek, Byung-Chul Han, Ai Weiwei y Noam Chomsky.
Mirada mordaz
La casa de papel es tan cínica en sus planteamientos sobre la sociedad posindustrial como en su momento lo fueron The Wire, Mad Men o Treme, y como éstas y otras series es una visión mordaz en torno a los abusos del poder económico y político, así como un espejo que demuestra que estamos absortos dentro de un sistema consumista que en cualquier momento puede colapsar y encima es un reflejo del fracaso institucional de los estados supuestamente civilizados.
Como en cualquiera de los programas citados, La casa de papel también ha sabido tomarle el pulso a la cada vez más influyente cultura popular y además ha logrado interpretar y ser el vocero de las ansiedades y necesidades de las personas en este siglo XXI.
Como el resto de las grandes series, La casa de papel tiene a su favor una edición ágil, guiones llenos de giros de tuercas, personajes repletos de intensos conflictos existenciales, relaciones sociales complicadas, diálogos punzantes y de antología, planteamientos filósoficos agudos sobre la corrupción, el crimen, el machismo y otros males sociales, más la cuota justa de suspenso, acción, sexo y violencia.
Formas de ser elásticos
Desde la temporada tres, y de forma aún más evidente en el contenido de esta cuarta entrega, La casa de papel ha mostrado cierto deterioro porque ha caído en la codicia de lo que es rentable.
Al ser el producto en idioma no inglés más lucrativo que ha tenido en su joven historia Netflix, se le está pidiendo más y más capítulos a su creador Álex Pina y a su equipo de guionistas.
La cuarta temporada de La casa de papel tiene todas las virtudes antes explicadas en lo literario, en materia de estética televisiva y en su excelencia técnica, suficientes razones para que junto a mi familia la viéramos con fervor en dos largas jornadas de proyección, pero ya se nota el desgaste de una serie que sus productores la están estirando tanto que corre el peligro de reventarse.
Se agradece que en la tercera y cuarta entrega se le ha dado tanta relevancia a los saltos en el tiempo, pues nos permite saber más de cada personaje, su relación con el resto de la compañía criminal y más datos de cómo se planearon los dos atracos.
Pero tantos flashbacks no solo dan más contextos sino que también son la astuta excusa para que la trama avance a paso de hormiga con calambres. Es que si La casa de papel avanza de manera lineal llegamos rápido al hecho que si logran robar o no el oro como era el plan, y lo más importante para nosotros como seguidores, si logran salir con vida.
Netflix no quiere cerrar la mina de oro y por eso la extienden a una quinta temporada y son capaces de intentar llegar a una sexta. Esta decisión de alargar no le ha molestado a la mayoría de la audiencia mundial: en menos de 24 horas La casa de papel ha sido la primera, segunda o tercera producción de cualquier idioma más vista en la mayoría de los países donde está presente Netflix.
Ironía posmoderna
Vivimos tiempos de encierro sanitario obligatorio, debido al invisible y destructivo virus COVID-19, por lo que muchos de nosotros estamos en casa nos guste o no en estos días de cuarentena.
La ironía posmoderna es que en medio de una pandemia que nos obliga a vivir bajo vigilancia y sometidos a buen recaudo domiciliario, a los productores de La casa de papel les fascina la idea de crear nuevas formas de mantener encerrados a sus personajes en el Banco de España, pues saben que al aire libre el Profesor y sus compañeros no son tan fascinantes como cuando están dentro de cuatro paredes.

