Sin duda son tiempos extraños. Mientras el mundo se trata de reorganizar, el país que alguna vez fue uno de los principales vehículos de la globalización – tanto comercial como gubernamental – está dejando de serlo, debido a las decisiones y acciones de personajes como su líder Donald Trump, y sus consejeros Stephen Miller y Jared Kushner -entre otros-, que representan el triunfo de la corrupción y el racismo nacionalista en la Casa Blanca.
Y aunque a muchos les cuesta aceptar esta realidad, parece más bien ser el resultado natural del proyecto estadounidense. Lo que el historiador David Blight llamaría la contrarrevolución a la revolución, principalmente cultural, que fueron los 8 años de Barack Obama en la Casa Blanca.

Se trata de una contrarrevolución que en parte fue posible como resultado de una proliferación tecnológica, que dio paso a un ecosistema mediático difícil de comprender en su magnitud, y que, irónica (o naturalmente), puso en el poder a un hijo del show business…. un producto del mundo del espectáculo. Y todo sin hablar de los aspectos más problemáticos de la carrera tecnológica que fue la elección del 2016, y que fueron posible únicamente bajo la magia del libre mercado.
Al mismo tiempo, una gran parte de los medios -bajo la ilusión de estar enmendando los errores cometidos durante las pasadas elecciones, en donde le dieron una cobertura sin precedentes a Donald Trump, únicamente con el imperativo comercial que traía cubrir el espectáculo, combinado con una mórbida intención de ver al payaso fallar-, se han convertido en cómplices, ayudando a mantenerlo en pantalla por las razones incorrectas.
Por casi tres años, los medios favorables al Partido Demócrata han utilizado su tiempo en el aire para seguir historias como la supuesta colusión de la compaña de Trump con Rusia, desarrollando lo que periodistas independientes y críticos llaman “periodismo de resistencia”, enfocándose en darle más peso a cómo Trump hace las cosas en vez de evidenciar lo que hace. Y esto, no ha hecho más que alimentar la narrativa de los “fake news” que el actual presidente no se cansa de vociferar.
Esto no solo ha alentado a gran parte de la base electoral que sostiene a Trump, sino que también profundizó la crisis de credibilidad en las instituciones mediáticas, cuyas ramificaciones son catastróficas en medio de una pandemia global, en la que deben comunicar eficazmente las realidades científicas. Sin embargo, gran parte de los medios se han convertido en otra arena de la guerra cultural de los demócratas y republicanos, que el presidente de manera oportunista ha amplificado como estrategia de campaña, sin pensar en las vidas que está poniendo en riesgo en su propia base electoral y más allá.
REOPEN OUR COUNTRY!
— Donald J. Trump (@realDonaldTrump) May 18, 2020
Y ahora, nos acercamos a una elección en donde los dos distinguidos seres humanos que se pelean la Casa Blanca han sido acusados de acoso sexual y hasta violación.
Con la reciente denuncia contra Joe Biden por parte de una exempleada, ciertos medios se vieron obligados a darle cobertura a la acusación luego de mucho tiempo e intentos, y después de haber cubierto extensamente las acusaciones no solo contra Trump en la campaña anterior, sino también contra su elegido para la Corte Suprema, Brett Kavanaugh. Esta situación los puso en una posición incomoda, demostrando una vez más que el binario político de los medios alimenta las diferencias entre la población que los consume.
Obviamente los periodistas y medios tienen derecho a equivocarse. Pero también tienen la responsabilidad de ser introspectivos y entender su responsabilidad.
ABC's @TerryMoran declares "it's a reckoning for the media" if Mueller clears Trump on collusion charges. That's true, but don't expect much of a reckoning to actually occur, Terry. Expect further obfuscation, deflection, and goalpost-moving. They won't have learned a thing pic.twitter.com/7XuHD1Ct1V
— Michael Tracey (@mtracey) March 10, 2019
Al mismo tiempo, la decisión de cubrir ciertos temas en vez de otros también es responsabilidad de quienes deciden cubrirlos, y no me queda ninguna duda que los que nos oponemos verdaderamente a Trump y todo lo que representa, entendemos que los medios dejaron pasar grandes oportunidades en estos años.
Recordemos los movimientos sociales que se empezaron a articular luego de su elección, como la marcha de las mujeres, quizás la protesta más grande en la historia de Estados Unidos; la reacción en los aeropuertos luego de la prohibición de viajes al mundo musulmán, como una respuesta concreta a una política pública racista y sin relación con la realidad, entre muchas otras.
Sin embargo, me queda claro que perdimos mucho tiempo en críticas estéticas sobre el comportamiento de Trump, combinado con una oposición sin dientes, que no ha hecho más que ayudar a un presidente incompetente.
Si Trump se reelige, muchos serán los responsables. Aunque entiendo que ésta no es necesariamente la opinión más popular, ni queremos pensar en esa posibilidad, entre ellos, principalmente, se encuentra gran parte de la clase periodística estadounidense.
As far as I'm concerned, it's a damned shame that a field as potentially dynamic and vital as journalism should be overrun with dullards, bums, and hacks, hag-ridden with myopia, apathy, and complacence, and generally stuck in a bog of stagnant mediocrity.
— Dr. Hunter S. Thompson (@GonzoVice) December 13, 2018
A George Floyd, Eric Garner, y todos los demás.