Parte del mundo respira mejor. Más de dos semanas después de las elecciones en Estados Unidos, y tras de un largo y extraño conteo de votos al que no le tenemos nada que envidiar -que me hizo dormirme el martes 3 de noviembre cerca de un coma etílico, y que tiene a ese país nuevamente en una expectativa innecesaria-, todo parece indicar que Joe Biden y Kamala Harris tomarán posesión en enero del 2021, como los nuevos líderes de ese país.
After Russiagate, I don’t blame people for questioning election results. But just as w/ Russiagate’s conspiracy theories, claims can only be evaluated with logic & evidence. There is nothing to support Trump’s claims of fraud. The real fraud is GOP-led voter suppression/theft.
— Aaron Maté (@aaronjmate) November 12, 2020
La elección de Joe Biden como presidente se da después de una campaña extraña, en medio de una pandemia global -politizada por quien hoy todavía es presidente y se niega a reconocer su derrota-, y que destapó verdades incomodas de un sistema insostenible.
El mundo respira no por haber encontrado en el nuevo presidente electo de Estados Unidos un líder visionario, sino porque quiénes entendemos el mundo como pequeño e innegablemente interconectado, tenemos una oportunidad más para reagruparnos, pensar y planear, para que nuestros nietos no vivan en el mundo al que nos dirigimos a una velocidad incesante.

Aunque hemos ganado algo de tiempo, no se puede dejar pasar este momento sin entender las lecciones de esta estrecha victoria Demócrata. Aunque falló en su intento de reelegirse, Donald Trump logró por lo menos 7 millones de votos más que en la elección anterior, convirtiéndose en el candidato más votado en la historia electoral de Estados Unidos, solo por debajo del ahora electo Joe Biden.
A pesar de su retórica, Donald Trump ganó casi el 20% de los votos de los hombres negros, agrandando también su porcentaje con otras minorías del electorado, en gran medida por la desconfianza y desconexión que segmentos de estas poblaciones siguen teniendo hacia un Partido Demócrata liderado por Biden, Harris y Pelosi. Al mismo tiempo, el todavía presidente expandió aún más su electorado con hombres y mujeres blancos en general, especialmente aquellos sin educación post- secundaria, agrandando su base principal.
Además, Trump demostró nuevamente su habilidad de energizar a sus votantes en los últimos días con una frenética campaña, realizando rallies en donde pudo. Con ello, demostró una vez más un principio clave en la política: caminar y hablarle directo al público da resultados. Una idea que por alguna razón u otra el Partido Demócrata parece rechazar, a pesar de haberles dado resultados con ejemplos que van desde Barack Obama hasta Alexandria Ocasio-Cortez.
@AOC is right. Swing seat Dems who backed Medicare for All won last week.
— Mehdi Hasan (@mehdirhasan) November 11, 2020
Also, @RashidaTlaib & @IlhanMN helped Biden across the line in MI and MN.
Perhaps thank the Squad - & BLM! - not scapegoat them.
My mini-rant from last night's @MehdiHasanShow:pic.twitter.com/TfaArdhJwR
A su vez, aunque Trump en la práctica falló en materializar gran parte del programa que planteó en las elecciones del 2016, pudo mantener en sus seguidores la ilusión de poder, al continuar con una retórica contraria al “establishment” y culpando a las “elites”, lo que continúo siendo llamativo para gran parte del electorado, especialmente con las circunstancias de un formato electoral de binarios que tiende a dividir a la población.
Todos estos son indicativos alarmantes para el futuro, pero para nada sorprendentes.
El Partido Demócrata, además de prevalecer generalmente en las ciudades, se ha convertido en un partido de los suburbios, enfocándose en la población con educación superior y con acceso a más oportunidades, olvidándose en gran parte de la clase trabajadora, que ha empezado a ser el objetivo del falso populismo republicano, esta vez representado por Trump, pero que busca un líder más hábil.
We are a working class party now. That’s the future
— Josh Hawley (@HawleyMO) November 4, 2020
Aun así, todo parece indicar que una combinación de factores, como una gran mayoría de votantes jóvenes y una gran parte del electorado multirracial, fueron quienes le dieron los votos necesarios a Joe Biden para ganar una elección cerrada, dándole una oportunidad más al Partido Demócrata para gobernar, pero con un mensaje que si desestiman, empoderará a sus adversarios políticos en el futuro.
Un futuro que luce cada vez más populista -lo que cualquier operador político, periodista o ciudadano informando, entienden como un proceso irreversible a estas alturas-, y que está dejando obsoletos a los vehículos políticos llamados partidos Demócratas y Republicanos de Estados Unidos.
Para mi es claro: el centrismo que revoluciona solo en planteamientos de políticas de identidad del Partido Demócrata y el conservadurismo social, económicamente libertario y con fe ciega en el libre mercado del Partido Republicano -a pesar de todavía controlar hasta cierto punto ambos partidos-, ya no representa un argumento político viable para ganar mayorías contundentemente, al no poder presentar programas y respuestas concretas para hacerle frente a las inquietudes de la población.
Por un lado, Trump pasará a la historia como un presidente de pura casualidad; un mal chiste que, si no me equivoco, extrañaremos por su incompetencia.
A pesar de ser nombrado por los medios liberales de Estados Unidos como la reencarnación de Hitler y el final de la democracia, no fue realmente nada mas que un oportunista que supo entender que el futuro del Partido Republicano y el apetito de su electorado es muy diferente a los intereses económicos que el partido representa, los cuales se esconden detrás del conservadurismo social, pero cuya verdadera intención es achicar el gobierno lo más posible para así favorecer a los mismos intereses que los financian.
El presidente fue el primero en articular, por la vía de Steve Bannon y otros ideólogos de la derecha que residen en las entrañas del internet, un pensamiento que inevitablemente romperá con el marco de referencia ideológico al que se han mal acostumbrado los republicanos al ganar elecciones sin el voto popular. Aunque hay mucho de eso que me gustaría ver -así como cínicamente celebré ver al genio estable acabar con los Jeb Bush y Ted Cruz en la campaña anterior-, los aspectos nativistas de esa coalición política son potencialmente peligrosos para muchos.
Por el otro lado, aunque Bernie Sanders no logró la nominación del Partido Demócrata estando cerca dos veces, su argumento que llevaran adelante muchos otros que ya están en Washington DC, es el futuro del partido si pretenden competir.
Una visión que plantea una transformación del país no vista desde las reformas puestas en marcha por Franklin Delano Roosevelt en las décadas del 30 y 40, y que encuentra en ese expresidente su inspiración en programas como el Green New Deal, entre otros. Programas que algunos aquí y allá catalogan como radicales, pese a ser simplemente realistas, aunque ambiciosos, para enfrentar los problemas del siglo XXI y si queremos ver más allá.
Por todo esto, es imperativo entender nuestro presente y futuro para así afrontarlo alejados del miedo. El miedo que es entendible ante unas condiciones tan complejas como las que enfrentamos, pero que no puede guiar nuestros pasos porque será aprovechado por quienes lo entienden como una oportunidad para cínicamente dividir.
Allá y aquí también.