Pase lo que pase, el primer mandato del actual presidente de Estados Unidos está por terminarse. Aunque las encuestas parecen indicar que será el único, pocos se atreven a asegurarlo; en gran parte por el trastorno de estrés post-traumático del cual todavía la industria encuestadora se intenta recuperar, desde lo sucedido en 2016.
Y es que el sistema con el que se eligen a los líderes de ese país, hace posible que pase cualquier cosa. Desde una aplastante victoria de Biden, pasando por una victoria electoral sin una mayoría total de Trump, las realidades del formato del colegio electoral, los esfuerzos de supresión de votos, entre muchas cosas más, hacen que sea difícil predecir con certeza lo que sucederá.
“Oh wait, Nevada has a ton of non-college white voters too” pic.twitter.com/urqYPorxjt
— Steve Kornacki (@SteveKornacki) October 29, 2020
Por esto, en los siguientes párrafos me voy a olvidar un poco de la carrera de caballos, enfocándome en tratar de pensar cómo llegamos aquí, y qué podemos aprender de estos años con Donald Trump como presidente de Estados Unidos.
En ese sentido, me parece importante entender cómo percibimos al actual presidente y cuáles son las realidades que lo caracterizan.
La prensa opositora y generalmente liberal de Estados Unidos, ha usado los últimos años para caracterizar al negociante de bienes raíces como una aberración inexplicable, aferrándose ciegamente a historias como la supuesta colusión de la campaña del presidente con Rusia para ganar la elección del 2016, y en ocasiones ignorando realidades mucho más complejas.
Expect a lot of sniping from the reporters behind discredited Russiagate hysteria, hype mindless identity politics, aggregate partisan horse race journalism & whose beliefs are uniformly identical to whatever is popular on Twitter. The conformist mob hates principled dissent.
— Lee Fang (@lhfang) October 29, 2020
En realidad, las razones por las que Trump ganó la elección pasada no son terriblemente difíciles de descifrar. El presidente encontró sectores de la población vulnerables, que se sentían olvidados por el status quo -el sistema o como lo quieran llamar-, y les prometió cualquier cosa que sus encuestas le presentaban.
Al mismo tiempo, y mientras enfrentaba a una candidata con una popularidad muy baja -que representaba a un partido también impopular-, acababa con la élite de un Partido Republicano que, si bien lloró ante la posibilidad de perder el poder por alguien como Donald Trump durante la campaña, una vez éste llegó a la Casa Blanca se alinearon detrás de su presidente.

Y es que, en campaña, Trump hizo lo que pudo para correr como el campeón de la clase trabajadora, prometiendo hacerle frente a la corrupción que señaló como culpable de todos los problemas que la población experimentaba, y de la que ambos partidos eran culpables. Sin embargo, la realidad es que su presidencia le sirvió como vehículo a las fuerzas más radicales de la derecha norteamericana, empoderando a los mismos personajes que criticó durante su campaña, y que entonces vinculó a Hilary Clinton.
Desde su histórico recorte fiscal, su frontal transformación del poderoso Órgano Judicial, su impresionante desregulación de normas ambientales, entre muchas otras cosas, Trump aparento arrebatarle el poder a la elite del Partido Republicano, pero en realidad les facilitó la implementación de legislación y una transformación de los Órganos del Estado, que no habían podido materializar con tanta efectividad en el pasado.
Esta efectividad fue especialmente evidente en la Administración de Justicia. En su mandato, Trump ha confirmado a 3 jueces de la Corte Suprema, y cientos de jueces en otros tribunales, poniendo en efecto lo que muchos entendemos como el cambio ideológico más importante del Órgano Judicial de Estados Unidos en la era moderna. Y las repercusiones serán evidentes casi inmediatamente, con las decisiones que se aproximan acerca de las reformas de salud impulsadas por Barack Obama, los derechos reproductivos, regulaciones corporativas y ambientales, además de tener el potencial de obstaculizar legislación de todo tipo a largo plazo, lo que tendrá efectos materiales y duraderos en la vida de la población.
Además, siempre será importante recordar los orígenes de su campaña para entender el presente. Desde que el actual presidente empezó a hacer ruido alegando que Barack Obama no había nacido en Estados Unidos, pidiendo públicamente que mostrara su certificado de nacimiento, su marca había empezado.
No nos puede sorprender entonces todo lo que vino después. Desde su promesa de construir una muralla para evitar la migración del sur y la separación de familias en esa frontera por parte de su Administración, hasta su prohibición de viajes hacia el mundo musulmán, Donald Trump encontró otra plataforma oportuna para su campaña, a pesar de ser el mismo descendiente de inmigrantes y estar casado con una. De esta manera, la presidencia de Trump construyó una política migratoria agresiva, aunque no completamente ajena del legado de sus antecesores.
Y como era de esperarse, esta retórica no solo impulsó el odio hacia el otro que venía de afuera, sino también hacia aquellos que hace tiempo llegaron y estaban. La expresión más reciente de esta situación es ejemplificada por la supuesta dicotomía entre la ley y el orden y los antifascistas, que es una observación simplista y oportunista acerca de los históricos movimientos sociales hechos realidad en gran parte por el movimiento “Black Lives Matter”, cuyas raíces preceden al actual presidente. Las mismas que evolucionaron a una magnitud sin precedentes después de la gráfica muerte de George Floyd a manos de un policía en Minnesota, alimentada en gran medida por la retórica del presidente.
¿Es Donald Trump racista o un supremacista blanco? Personalmente no creo que el tenga ninguna convicción ni visión sofisticada en cuanto a cómo interpreta el mundo. Sin embargo, su inteligencia está en entender cómo conseguir lo quiere y acaparar eficientemente la atención de los medios.
De esta forma entendió que la retórica que emociona a muchos racistas y nativistas era otro vehículo conveniente más para su plataforma. Y así, se rodeó de gente mucho más peligrosa que el mismo, como Miller, Bannon, o el ahora escritor y vocal oponente Michael Bolton. Personajes que, han pasado su vida política impulsando racismos, populismos nacionalistas, cambios de régimen y violencia en el exterior.
Sin embargo, aunque sería realmente iluso decir que Donald Trump ha sido un presidente pacífico, es un hecho que no ha iniciado una guerra nueva -por lo menos oficialmente-, lo que representa una contradicción que nos debe indicar que, en cuanto a la política exterior estadounidense, sus problemas siguen siendo una cuestión sistémica. Ese mismo peligro del cual les advirtió su expresidente Dwight Eisenhower.
De esta manera, aunque el actual presidente ha sido agresivo en momentos como el asesinato del general iraní, Qasem Soleimani, en tierras iraquíes; el relajamiento de las regulaciones militares que Obama impulsó al final de su mandato, o con las amenazas de utilizar su arsenal nuclear, pensar que Donald Trump es una anomalía en la históricamente violenta política exterior de los Estados Unidos, sería engañarnos a nosotros mismos.
Y hablando de ignorar la realidad, para mi y muchos otros, no hay un tema más importante que las repercusiones que la presidencia de Donald Trump está teniendo en la crisis del cambio climático.
Su gobierno ha impulsado la eliminación de todo tipo de regulaciones existentes para mitigar los peores impactos de la contaminación industrial, y los esfuerzos de su Administración para socavar cualquier intento de construir un futuro para las siguientes generaciones, fueron ejemplificados en la destrucción de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), nombrando a cabilderos de las industrias más contaminantes como sus líderes, saliéndose del ya blando Acuerdo de Paris, nombrando como su Secretario de Estado a quien fuera el CEO de ExxonMobil, quizás una de las compañías que más han contribuido a nuestro predicamento, y seguramente muchas otras cosas que aún no sabemos.
Por todas estas cosas, a estas alturas está de más hablar del otro candidato, a quien ya me he referido en artículos previos. Un candidato que representa al pasado del Partido Demócrata, pero que, con todos sus defectos, es la alternativa que los estadounidenses tendrán si lo que quieren es dejar a Trump en el pasado, y empezar un largo proceso de democratización, para así por lo menos intentar salvar a una Republica y un planeta heridos.