El Carnaval es por excelencia la expresión simbólica del mundo al revés. Es el tiempo de apropiación de los espacios públicos como escenarios de exuberancias colectivas. Y como todas las expresiones de la sociedad, estas también derivan de las prácticas sociales y políticas de la época.
Los carnavales, tal como se celebraban durante la época departamental bajo la unión a Colombia, sufren un dramático cambio a partir de 1910. Aquellos desenfrenos del populacho no tenían cabida en la mentalidad de los liberales sobre la vida en un país civilizado. De bailes y fandangos en Malambo y Santa Ana, las fiestas del Carnaval se convierten, merced a un acuerdo alcaldicio, en carnavales oficiales. Al tenor de este acuerdo, la fiesta del desorden sería organizada civilizadamente por las clases en el poder.
A partir de entonces, reinados, desfiles con carros alegóricos, lujosos automóviles, cabalgatas, disfraces, banquetes y bailes de mascaradas en los mejores clubes de la ciudad caracterizarían las fiestas del rey Momo en la ciudad de Panamá.
“El pueblo... en medio de la loca algarabía, el título te dio de Soberana del Reino del Placer y la Alegría”, publicaba El Diario de Panamá, entre otras tantas lisonjeras estrofas dedicadas a la reina del Carnaval de 1915. Las reinas eran escogidas mediante votos que las candidatas, sus familias y sus comités de apoyo vendían a los particulares.
Según Willis Abbott (1913), la batalla para obtener el honroso título de reina del Carnaval era tan fiera como las elecciones a la Presidencia de la República. Feliz aquella joven cuyo padre estuviera dispuesto a arriesgar su dinero en una de estas campañas, pues no faltaban las artimañas que atentaban contra la integridad de los votos. Durante los carnavales de 1915 también hubo otra reina, mas era mora, pagana y contradictoriamente plebeya. Su reinado fue magnánimamente reconocido por la reina del intramuros, pero se circunscribía al arrabal de Santa Ana, donde por cierto, también hubo bailes y charangas (murgas).
La noción de prestigio que revestía la ostentación del título se fue diluyendo con el pasar de los años. Durante la década de 1950 hubo un año de expreso descontento por el escaso apoyo que recibiera la reina del Carnaval. Y esto –según un quincenario de la época- obedecía simplemente a que no provenía de las esferas del Club Unión.
Las coronaciones de las reinas se celebraban en el Teatro Nacional, luego durante los siguientes días del Carnaval se desarrollaban desfiles alegóricos, bailes en los más distinguidos salones, como el Club University, el hotel Central y años más tarde, en el Club Unión. También se organizaban tamboritos en muchos lugares, como en el toldo ubicado en la plaza Herrera. Estos espectáculos se repetían en las noches del domingo, del lunes y del martes de Carnaval.
Y mientras tanto, durante las mañanas de estos días de frenesí, los parroquianos acometían la faena de la mojadera. Esta ancestral tradición de tiempos de Carnaval logró sobrevivir a los embates del poder, prácticamente sin ninguna variación. Noticias explícitas fueron publicadas ya en 1865: “La principal diversión y regocijo consistía en empapar a cualquiera que estuviese a su alcance con una calabazada de agua”. (The Panama Merchantile Chronicle).
Desde las ventanas y balcones, en zaguanes... por doquier se tiraban agua unos a otros, sin cuidarse de las ropas, ni del estatus social de las víctimas. ¡Nadie parecía escapar a estos baños! Esta irreverente tradición perduró sin cambios apreciables al menos durante las siguientes cinco décadas.
Gente disfrazada, caballeros en el perenne vestido blanco, damas estrenando primorosos vestidos, abarrotaban las aceras en la ruta del desfile. Serpentinas y confetis pintaban de colores las calles y aceras. La cacofonía de trompetillas, maracas y cuanto artefacto ruidoso se pudiera uno imaginar, aturdía los sentidos.
En la década de 1910, la ruta del desfile partía de la plaza de la Independencia o plaza de la Catedral, recorría la avenida Central hasta la plaza de Santa Ana, para luego regresar por la misma ruta. La prensa local publicaba el programa oficial de las festividades. De allí sabemos que el inicio del desfile se programaba para las seis y media de la tarde; por cierto que advertían... ¡Hora panameña! Y a juzgar por las quejas que luego se reflejaban en las publicaciones de los medios escritos, cumplían a cabalidad con tan pintoresco anuncio. Y puesto que oscurecía, los carros alegóricos eran iluminados con ostentosos farolitos.
De las charadas y pantomimas de batallas, juegos y comedias callejeras en Playa Prieta, Malambo y Malambillo, tan presentes en los carnavales del siglo XIX, no tuvimos más noticias. Tal vez esa práctica lúdica (actualmente limitada), de los diablos que danzaban de calle a calle reclamando dinero a cambio; o las maniobras de asedio a los espectadores de los desfiles con iguales intenciones, es una variedad de algún juego ya perdido en la bruma del pasado. ¡Cuántas tradiciones del Carnaval arrabalero pueden evocarse! Parecen haber desaparecido para siempre.
En cambio, los reinados y las reinas del Carnaval (así como las mojaderas) sí que han perdurado en la noción del Carnaval panameño.
FUENTES
Editor: Ricardo López Arias
Autor: Damaris Díaz Szmirnov. Profesora de historia. Universidad de Panamá.
Fotografía: Carlos Endara. Colección RLA/AVSU
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