En un pequeño espacio, en el que el fogaje añora apoderarse de todo y la sazón del pescado se prepara de memoria, Ives y Cynthia nos reciben con la más calurosa de las sonrisas.
Llevan tres meses en esto, sacando El Maná adelante, el negocio de comida criolla a domicilio con el que dan pequeños pasos que a veces los hacen sentir que gatean pero al que le apostarían todo.
El que los vea, bromeando a pesar del calor y enfocados en la tarea de ofrecer el mejor producto que sean capaces, jamás se imaginaría que hace poco más de un año perdieron todo: su hogar, sus pertenencias y a siete amigos y casi familiares a los que aún extrañan, en el incendio que consumió La Terraza de San Felipe.
"Era un domingo que no parecía que iba a ser trágico", cuenta Ives en medio de la producción del almuerzo del día. Los vecinos se habían levantado temprano para ir a jugar fútbol, Ives y Cynthia habían ganado la lotería apostándole al cumpleaños de la mamá de él, y el jolgorio que solo conocen aquellos acostumbrados a verse la cara tan seguido había hecho que, llegada la noche, hasta una pareja que llevaba más de un mes sin hablarse se contentara.
La tranquilidad se esfumó tan rápido que solo tiempo después las cosas empezaron a tener sentido: el incendio inició en la cocina de una vecina y cada inquilino de La Terraza hizo lo posible antes de que el caserón de madera fuese consumido por el fuego.
Aquel posible escenario devastador encontró apoyo con el Proyecto Esperanza, de la Fundación Calicanto, dedicado a capacitar psicológica y profesionalmente a miembros de la comunidad de San Felipe en situaciones de riesgo social.
Ser parte de Esperanza le permitió a Ives presentar, ante el grupo de inversionistas que componen el Esperanza Social Venture Club, una rama del proyecto formado por comerciantes del sector y dedicada a encontrar e impulsar las mejores ideas, el sueño que ambos habían cultivado en privacidad: tener su propio restaurante.
Ahora, la rutina los hace felices: se levantan a las 4:00 a.m. para ir al Mercado del Marisco a encontrar los mejores pescados, luego se dirigen al Mercado de Abastos para seleccionar los vegetales frescos del día y paran, si se amerita, en el supermercado. A las 9:00 a.m., en el fogón una paila ya alberga el peso de una infinidad de arroz y el trajín del almuerzo del día es palpable.

Como todo negocio nuevo, iniciaron vendiendo alrededor de 20 almuerzos y, tres meses después, la meta inicial de 40 almuerzos la sobrepasaron con creces al proveer el alimento diario a la producción del programa Calle 7 logrando que, en buenos días, logren vender hasta 70 comidas.
Son, además de dos empresarios motivados, una lección de humildad. Los envases de foam colmados en arroz, la carne del día, ensalada y plátano en tentación cuestan, de lunes a jueves, tan solo $3.75. Aunque en algún momento a la pareja le aconsejaron subir los precios, Ives y Cynthia tienen en mente siempre a su consumidor y hasta se preocupan por ofrecer bebidas naturales complementarias por solo 25 centavos más, no porque crean que sea imposible cobrar más, sino porque conocen el valor real de su producto y creen en ganarle lo justo.
Dos emprendimientos más surgieron del mismo grupo de Esperanza al que pertenece Ives: Delivery del Casco, a cargo de Samuel Palacios, y Hope Seafood, con Juan Acevedo.
Armado de una bicicleta, Samuel es a quien los vecinos llaman cuando necesitan algo: desde buscar comida en alguno de los tantos restaurantes del Casco Antiguo hasta mensajería para las empresas.
Con 23 años, Samuel cree en el impacto que tuvo en su vida haber participado de Esperanza. "Siempre tuve la esperanza de que mi vida cambiara y cambió en un momento muy difícil", explica al recordar el incendio en el que perdió a un familiar. En su futuro, cuenta, está crecer como empresario, ayudar a jóvenes en riesgo y tener un hogar digno para su familia.
Con Hope Seafood, Juan abastece de productos a residentes y a restaurantes como Las Clementinas y Donde José. La idea que surgió durante las capacitaciones y a raíz de las necesidades del área, se convirtió en un proyecto tan espectacular como difícil que lo motiva a ver cada sacrificio como el camino a una vida mejor.
“Presentarlo ante empresarios para poder obtener capital fue una experiencia maravillosa y luego, contar con tan valioso apoyo, fue muy reconfortante”, cuenta. La meta de convertirse en una empresa reconocida nacionalmente, con un servicio de primera y el producto más fresco que pueda encontrar, no parece imposible debido a su enfoque.
Ives, Samuel y Juan expusieron junto a 15 compañeros en la galería Diablo Rosso, a principios de año, fotografías analógicas en blanco y negro que retrataban sus particulares experiencias en el barrio de San Felipe, con las que cerraron el ciclo de aprendizaje, valor y pertenencia que significó participar de Esperanza.
Hace un par de años, muchos de los guías y dueños de hoteles en el Casco Antiguo ofrecían a los turistas el mapa del área, haciendo la advertencia de los lugares que era mejor evitar.
Vulnerables a robos y situaciones peligrosas, el turismo en el Casco Antiguo era tímido y receloso: existían callejones en los que entrar de manera segura era casi imposible.
Con tres generaciones del Proyecto Esperanza graduadas y con historias de éxito como las de Ives, Samuel y Juan como el mejor de los testimonios, el impacto del proyecto emprendido por Fundación Calicanto y apoyado por los comerciantes y vecinos del Casco Antiguo, a través del Esperanza Social Venture Club, propone cambiar la historia del barrio y hacerlo a largo plazo.
Mañana martes 23 de junio, en la galería Juan Manuel Cedeño del Instituto Nacional de Cultura, se expondrá por segunda vez la serie de fotografías analógicas denominadas “El ejército de esperanza”.
La exposición permanecerá hasta finales de julio y la intención es, además de ofrecer una nueva ventana en la que los participantes vean el impacto que sus fotografías tienen en los visitantes, lograr que más empresas y organizaciones comprendan el resultado positivo y real que el proyecto tiene sobre la comunidad y lo que se necesita tanto como para mantenerlo como para poder recibir, ayudar y graduar a una cuarta generación. “Es un trabajo constante, no podemos decir que ya terminamos con un grupo”, explica Janet Navarro, administradora y encargada del proyecto, señalando que este periodo de recaudación de fondos es importante para las nuevas metodologías y dinámicas que son necesarias.
No hay quizás resultado más concreto que la información que la Policía Nacional otorgó: durante 2014, el área a la que pertenecían los participantes del segundo grupo de Esperanza, antiguos miembros de la pandilla Ciudad de Dios, no registró ni un caso de robo, hurto o violencia doméstica.






