Cuando estas notas comienzan a aparecer sobre mi libreta rayada, la esplendorosa luminosidad de marzo todavía mantiene su reinado de luz dentro de los llamados meses de verano.
Quienes recorremos las veredas del recuerdo para iluminar esos días del pasado iluminados por el verano, bajo las sombras de los árboles de mango, de ciruelos, de tamarindos y palmeras, somos presas de la evocación de ese mundo que vivimos al calor de las vacaciones escolares.
No recuerdo días más hermosos que los que viví al lado de mis hermanos y primos, remontando las corrientes de los charcos, auscultando la presencia de los camarones debajo de las piedras, y observando el poético paisaje de las libélulas sobrevolando las piedras y el murmullo de la corriente fresca y cantarina.
Quizá esta realidad mágica tenga mucho que ver con mi inclinación de viajar por la vida sobre un palo de escoba y escoltado por mis dos brujitas amigas y cariñosas que viven encerradas en la cajetita que el afecto y el cariño les destinó.
Quizá uno de esos recuerdos maravillosos sea la vez que en un baile estudiantil bailé con una escoba que estaba al lado de la orquesta, debido al hecho de que al comenzar la música me había quedado sin pareja. Creo que fue en esa época que me cayó el mote de pájaro loco.
Mi dilecta amiga Berna Calvit no me dejará mentir, pero durante una fecha aledaña al Concurso Ricardo Miró me tocó participar junto con los dos otros jurados en un recital poético en la librería Exedra Books.
El recital empezó con los dos poetas extranjeros invitados, quienes leyeron muy serios y circunspectos sus poemas. Al llegar mi turno, parado frente al podio, empecé como introducción cantando el bolero Dos gardenias para ti, mientras Berna me miraba estupefacta.
Mis colegas me miraron asombrados, pero con muy buen talante. Cuando cerré mi participación, una salva de aplausos premió mi pintoresca actuación.
En estos días también acude a mi memoria un periodista que si mal no recuerdo ejerció como director de unos nuestros diarios más populares.
Era bastante trigueño, y siempre vivía acompañado de una franca y amplia sonrisa.
La última vez que lo recuerdo fue tomándose unas cervezas conmigo y Jaime Padilla Béliz en el Jardín Atlas.
En ese tiempo yo me había iniciado recogiendo noticias en las dependencias del Gobierno bajo la asistencia de Alfonso Lagos que había conocido en el Café Coca Cola, y fue el que guió mis primeros pasos como reportero.
Por esa época conocí a Ramón H. Jurado, uno de los íconos de la novela panameña, quien me consiguió un espacio para escribir en el diario El Día cuando se me antojara. Guardé por mucho tiempo unas columnas que escribí en aquella época y todavía conservo algunas.
Como es de rigor, brindo con una copita de vino por esos días inolvidables.
