En mi columna anterior “El recuerdo es una linterna”, me referí a la condición desmemoriada de nuestros escritores con relación a sus propias vidas y el quehacer de su escritura.
No obstante, como en muchos sectores de nuestra historia, existen excepciones a la regla, como en el caso de Memorias mínimas de Guillermo Sánchez Borbón, publicado por la Editorial Sarigua, y está precedido por un pórtico, a manera de prólogo, suscrito por Alberto Gualde, un acucioso estudioso de la literatura, intitulado “Los placeres de la memoria”.
Tomarle el pulso y abrir una ventana a una época pasada, nos parece una actitud que refresca y recrea el pasado que confrontamos con las diferentes dosis de sueños y esperanzas. Robert Louis Stevenson, en uno de sus brillantes ensayos escribió: “La verdadera sabiduría está en aclimatarse a todas las estaciones, cambiar de buen grado cuando cambien las circunstancias. Amar los juguetes cuando se es niño, llevar una juventud aventurera y honorable y establecerse cuando llegue el momento en una vejez verde y sonriente es ser un buen artista de la vida y tratarse bien a sí mismo y a lo que uno le rodea”.
Dentro de un marco referencial, he considerado ideal citar este libro porque a mi juicio , en mi condición de protagonista y testigo de cargo y de café, se trata de un viaje íntimo y entrañable a una de las épocas más interesantes y atractivas de nuestra evolución cultural y ciudadana, donde floreció la amistad de Demetrio Herrera Sevillano con Tristán Solarte que le sirvió de Virgilio al poeta pobre Codel fogón casi apagado, una época que devuelve al espíritu las vivencias reales y maravillosas de un segmento de nuestra realidad política y sociológica rescatadas con un extraordinario ritmo apasionado y nostálgico, y evocado por uno de nuestros escritores más lúcidos y prestigiosos de nuestra literatura.
A mí me tocó vivir y disfrutar los distintos lugares y personajes que evoca el autor en estas memorias que, gracias a los esfuerzos combinados de Adrienne Samos y Alberto Gualde, se hizo una hermosa realidad.
Dentro de esa línea de libros tengo noticias de un libro del escritor chiricano Francisco Clark, del que me habló por primera vez mi profesor Rodrigo Miró en mis años universitarios.
Al respecto, tuve una confirmación del poeta chiricano Dimas Lidio Pitty, sobre la existencia de este libro de carácter autobiográfico y de un aspecto que yo ignoraba en el que me indica que la novela de El Desván, de Ramón H. Jurado, está inspirada en la vida de este curioso escritor.
Quizá este interés de rescatar estos episodios relacionados con el recuerdo y la memoria de algunos escritores como Ramón Oviero y Agustín del Rosario, no tengan asidero en este período destructivo y asolador.
Como leí una vez, un pueblo con memoria, puede ser salvado de la destrucción y su paulatina desaparición en el concierto de las naciones civilizadas.

