Benito Taibo: charlar a la carrera

Benito Taibo: charlar a la carrera
Benito Taibo: charlar a la carrera

Benito Taibo le gusta hablar y caminar, a la vez, como hacía uno de sus héroes más queridos, Sócrates.

Mientras que el sabio griego recorría la antigua Atenas para conversar con la gente, este escritor mexicano hizo lo propio durante nuestra charla en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

En vez de un saludo cordial, lo que la norma del protocolo exige, lo primero que escuché del novelista y periodista fueron dos preguntas: “¿Te molesta caminar? ¿Caminas rápido?”.

No es que esté apto para completar la mitad de una triatlón, ni soñando podría alcanzar al atleta jamaiquino Usain Bolt durante una carrera, pero andar, lo que se dice avanzar, pues, sí puedo.

Por lo que le respondí con un lacónico e inseguro: “Claro. Voy a hacer ejercicio”.

Con sus ojos vivaces responde: “Eso es. Además, como te debes regresar de vuelta a la feria, vas a hacer mucho más ejercicio”.

Luego me sonrió y miró su reloj que marcaba las 4:30 p.m.

A la misma hora que quedó conmigo para una entrevista había concertado una reunión en otra parte fuera de la Expo Guadalajara.

Como no quería fallarle a nadie, propuso que habláramos durante la distancia exacta que había entre el stand de la editorial Planeta, donde nos encontrábamos, a una de las salidas del recinto ferial. En ese espacio geográfico, y de tiempo, estaría disponible para responder cualquier interrogante sobre su nueva novela, Corazonadas (Planeta, 2016).

Para que nadie dudara de mi compromiso con el método socrático, y para dar fe de una clara fidelidad a la labor de reportero, el reto de Taibo fue aceptado. El momento en que Benito Taibo (México, 1960) salió del punto de arranque, en la Sección G de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, comenzó la gente a detenerlo para intercambiarle alguna impresión sobre literatura, o él haciendo lo propio con los demás.

Hasta se dio el caso de una lectora que lo confundió con su hermano, Paco Ignacio Taibo II, también escritor y periodista, y Benito se lo tomó como el asunto más natural del mundo. Cero actitud de divo.

Los segundos pasaban y los pasos también. Es que Benito Taibo tiene como razón social ser una buena persona.

También cabe recordar que Taibo es una especie de rock star de las letras mexicanas y en la actividad ferial convocó a tanto público en sus presentaciones como lo hizo el Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa, el escritor rumano Norman Manea (ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances) o el autor estadounidense George R.R. Martin (responsable de la saga literaria y televisiva de Juego de Tronos).

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Benito Taibo goza de la enorme fortuna de tener muchos amigos que le regalan libros, por lo que también le gusta compartir obras con los demás.



 

CUANDO ERA PEQUEÑO

La verdad por delante, las distracciones no le hacían perder el hilo del tema que nos ocupaba a Benito Taibo: Corazonadas (Planeta, 2016).

Su novela está dedica a sus sobrinos, tanto a los de sangre, “como al montón de sobrinos que tengo de querencias. Los de familia, entre los de mi mujer y los míos, son 11, y los de querencia son como 15, porque soy su padrino, porque son los hijos de mis amigos y los quiero como si fueran míos”.

El autor de Cómplices (Planeta, 2015) no tiene descendencia directa, por lo que en Taibo se aplica el refrán: “A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”.

Todos sus sobrinos saben que son herederos de los mayores tesoros que posee don Benito: los libros de una biblioteca personal que no para de crecer, porque les advierte, con una convicción ascética que despertaría la admiración por parte del sabio Platón, que no les dará ningún bien material porque eso solo sirve para crear ambiciones innecesarias.

Recuerda que a uno de ellos, cuando era pequeño, le regaló la colección completa de Julio Verne y sus padres “me miraban como si estuviera loco. Es un legado que le dejé y le di lo mejor que le podía dar. Ya luego le daremos abrazos y cariños cuando se sienta tristeza o le rompan el corazón”.

Con sus sobrinos más chicos, de 2 y 4 años, que para sus efectos los considera sus nietos, tiene el mismo trato que recibió de sus padres, de quienes aprendió a respetar y a estimar a los demás por lo que son. “Les cumplo todos los caprichos, aunque lo que más intento es ofrecerles la mayor dosis de asombro ante la vida. Quiero sorprenderlos todo lo que pueda, para que vean que el mundo es mucho más ancho y menos ajeno de lo que nos imaginamos”.

Descubrió en un momento, después de publicar su libro Persona normal (Destino, 2011), que necesitaba contar una historia de ficción desde la perspectiva de un tío y de un sobrino, que el azar los une en un mismo techo y que ambos aprenden uno del otro, lo que exploró en Corazonadas.

Cree en la literatura que ofrece un aprendizaje, aunque se aleja de aquella que da lecciones, porque es pretenciosa. “Quería demostrar que los adultos aprendemos más de los muchachos que ellos de nosotros y no nos damos cuenta de eso. Por eso, no vemos, o no notamos los adultos, las señales que nos mandan los jóvenes y con esas señales nos dicen un poco de cosas”, manifiesta quien calcula que llevará a su casa tres cajetas llenas de libros que le han regalado en esta feria. “Y los leo todos. No uso los libros para adornar las paredes. Luego, muchos de esos libros, los regalo a otra gente porque creo en la socialización del libro como un objeto que crea civilizaciones”.

SER QUERIDO

Su personaje juvenil Sebastián encontró en Corazonadas una caja secreta y dentro de ella había maravillosos hallazgos. Si fuera Benito Taibo quien recibiera tal presente, le gustaría que su contenido fuera “encontrar un huevo de dragón como los de Juego de Tronos, un mapa de la Isla del Tesoro, un sextante usado o las memorias de una vieja madame de New Orleans”, plantea quien inició su biblioteca a los 12 años al adquirir la novela Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle.

En cambio, ¿qué quisiera dejar para la posteridad? Se detuvo para tomar aire en la Sección I, en la Avenida de los Poetas. Su respiración estaba un poco alterada. Eso le dio margen a pensar. “Quisiera dejar mi corazón lo más palpitante posible. Esto intentando no ser cursi. A los escritores les preguntan por qué escriben y yo me acojo a lo que dijo Federico García Lorca, que es la respuesta más hermosa que he escuchado: ‘Yo escribo para que me quieran’. Yo también escribo para que me quieran. Por eso querría dejar mi corazón en prenda por todo ese cariño que me profesan los que me leen”.

Eso me recuerda que uno de los personajes en Corazonadas manifiesta que “a los niños no hay que educarlos, hay que quererlos” y su responsable está de acuerdo. “Eso es lo único que hay que hacer con los chicos. Estoy plenamente convencido de ello. La educación es una cosa, a veces, hasta siniestra, porque está llena de cortapisas, candados, atavismos culturales heredados y fórmulas de aprendizajes aburridas. Debemos querernos. Que cada quien, desde el libre albedrío, vaya enseñándole al otro su manera de reconocer al mundo”.

Después me regaña porque le digo usted. “Nunca me hables de usted. Ambos somos iguales”.

PÁJAROS

Vuelve a ponerle un alto a su andar veloz. “¿Oyes? Suena como si fueran pájaros”. Y sí, en esa parte de la feria, a 200 metros donde un cuerpo de seguridad revisa el ingreso de los visitantes, hay sonidos que transportan a una selva amazónica. Si mirabas al techo encontrabas cubos de múltiples colores y cerca había un stand con artesanías de distintas partes de América Latina, la región que fue la invitada de honor de la versión número 30 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Llegamos a una salida de la feria, la única por la que solo pueden ingresar los que tienen un tipo de identificación especial que yo no tenía. Se detuvo en seco. Miró de nuevo su reloj: eran las 4:42 p.m. “¿Estamos bien así?”. No iba a ser malcriado y le respondí que sí. Me dio un gran abrazo por agradecimiento, por comprensión y por despedida, me dijo. Después se fue apurado en búsqueda de su destino.

 

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