Ya he olvidado cuántas veces he visto en el cine las mismas imágenes de nuestro planeta destruido.
A esta altura, ya no se pueden considerar momentos clásicos sino más bien recursos reiterativos, observar una y otra vez en la pantalla grande los fragmentos de lo que fue la Estatua de la Libertad o el Pentágono.
Esa sensación de lo ya visto la sentí durante el metraje de Oblivion, el tiempo del olvido.
Su trama, los conflictos existenciales de sus personajes, los supuestos giros sorpresivos de la historia, todo era como ver algo que en el pasado otros han hecho mucho mejor, salvo los efectos especiales, que cada vez son más deslumbrantes las bondades que brindan las computadoras para trasladarnos a situaciones increíbles.
En cada segundo pensaba que estaba ante un guion demasiado deudor en su estilo, estética y contenido a las magistrales obras de Philip K. Dick, escritor estadounidense que ha tenido en el cine el aliado perfecto para que la audiencia descubra o redescubra sus novelas y cuentos de la mano de producciones como Blade Runner (1982), Total Recall (1990) y Minority Report (2002) y un largo etc.
El realizador Joseph Kosinski de seguro cree que hizo un homenaje al llamado género de la anticipación, pero en verdad cayó en la trampa de brindar momentos y situaciones conocidas hasta la saciedad por los seguidores de la ciencia ficción, que igual algo de disfrute encontrará este segmento del público en Oblivion, más por apego y estima al citado género que por sentirse testigos de alguna novedad.
Entiendo que dentro de la ciencia ficción este filme pertenezca a esa rama denominada futuro postapocalíptico, lo que conduce irremediablemente a su argumento por senderos narrativos obligados.
Por ejemplo, que la propia raza humana, o los extraterrestres invasores que nunca faltan, termina de fastidiar a este planeta que ya de por sí está herido en lo ecológico y en lo social.
Hay varias muestras geniales en el séptimo arte de títulos que retratan ese futuro para nada reconfortante de manera extraordinaria.
Pongan en ese grupo de privilegiados a La carretera (2009), de John Hillcoat; la serie de Mad Max a cargo de George Miller; 12 monos (1995), de Terry Gilliam; y Wall-E (2008), de Andrew Stanton, entre otros varios, así como series de televisión como El planeta de los simios y The Walking Dead.
Hay críticos de cine, entre los que me incluyo, que integran a Oblivion en otra característica aún más específica: películas de Tom Cruise.
En este extraño subgénero hay también divisiones, desde las comedias agradables (de Risky Business a Jerry Maguire), pasando por la acción aparentemente realista (todas las Misión Imposible y Jack Reacher), los emotivos dramas que hace Tom buscando que le den el premio Oscar como actor (desde The Color of Money hasta Magnolia) hasta las de acción fuera de proporción lógica, a la que Oblivion pertenece junto a películas de mucho más calidad que Cruise ha protagonizado como Minority Report y War of the Words.
El director Joseph Kosinski, que debutó al frente de una cámara con la desorientada Tron: Legacy, traslada al cine su propia novela gráfica sobre un mundo hecho añicos por una guerra inútil, suicida y estúpida como son la mayoría de las contiendas bélicas, en las que no hubo ganadores sino perdedores con algo de gloria que los ayuda a continuar sus existencias en otro planeta.
Después de las bombas y los muertos en la Tierra, en el año de 2073 solo hay unas cuantas personas valientes y sacrificadas que se encargan de la limpieza en todo el amplio sentido de la palabra, entre ellos Jack Harper (Tom Cruise), que como un marine que se respete se quedó en casa acabando con la basura que destruyó su hogar o por lo menos eso era lo que él pensaba que hacía.
Los primeros minutos de esta producción, tanto sus imágenes como lo que nos compartía Tom Cruise en voz en off, daba la impresión de ver un tráiler de un largometraje que parecía ser más o menos interesante, algo que no se cumplió a cabalidad cuando llegaron los créditos finales y me di cuenta de que estuve en una sala por innecesarios 126 minutos.