Una de mis lecturas favoritas de la película de terror Poltergeist (1982) era su mirada acusatoria en torno a la relación entre una audiencia siempre pasiva y cada vez más dependiente de la televisión y la penetración agresiva de la tecnología en sus vidas.
Toda una metáfora de la vorágine de la tecnología como sofisticada intrusa de la privacidad mundial, que hoy ha llegado a superar las predicciones de este largometraje, dirigido por Tobe Hooper, y que llega a las salas una débil reposición firmada por el cineasta Gil Kenan.

El argumento de esta producción, sobre fantasmas y casas encantadas, planteaba la creciente dependencia del espectador por lo que ofrecía la atractiva pantalla chica, la que debajo de su manto de entretener buscaba vender productos y moldear ideas.
Por eso, el guion de Steven Spielberg, Michael Grais y Mark Victor la usaba en la década de 1980 como el vehículo idóneo para que se manifestaran las fuerzas más tenebrosas en contra de una típica familia de clase media estadounidense.
VIDA TELEVISADA
No era gratuita la escena en la que discutían dos vecinos, porque la señal que compartían no funcionaba y eso interfería en el consumo que cada quien buscaba darle a su respectivo aparato.
Uno deseaba complacer a sus amigos, concentrados en un partido deportivo, y en la otra residencia estaba un padre que intentaba sintonizar un canal para su niño.
Allí estaba el televisor como invasor y seductor sin ataduras, fuente de disputas y rencillas, que alteraba el comportamiento cotidiano de los espectadores.
Un fenómeno que había conquistado espacios estratégicos del hogar: la sala y las habitaciones, antes usados para los encuentros entre los habitantes de la casa, y ahora transformados en altares donde rendir culto a esas efectistas imágenes que apelaban más al ámbito emocional que al lado racional de su público.
Lustros después, esa expansión llegaría a todas partes más allá de las fronteras de las viviendas, usando no solo la pantalla de los televisores, sino que ahora se hizo creación de masas gracias a las computadoras, los videojuegos y los teléfonos inteligentes que son concebidos como nuevas opciones de control de las audiencias.
Su presencia dominaba tanto entre los personajes de Poltergeist, que la televisión se mantenía encendida hasta que no había nada más que transmitir.
Por eso, el aparato se enciende por sí solo como señal de que algo malo pasaba en ese suburbio donde parecía que todo era perfecto.
Su condición malévola se ampliaba cuando una inocente niña se comunicaba con los muertos desde ese temible espacio lumínico, y cuando esta Alicia moderna era atrapada por esos seres paranormales poco amables. Su única salida fue llamar a su mamá desde el otro lado de la televisión, en su condición de prisionera de la tecnología.
FANTASMAS IRACUNDOS
La cuestionable lógica mercantil estadounidense que denunciaba el Poltergeist de Tobe Hooper no tenía como único protagonista a la televisión como símbolo de mayor calado de una tecnología invasora en los inicios de la década de 1980.
En su afán de combinar diversión con información, en este juego macabro aparecía otro villano: el sector despiadado inmobiliario, que era aún más temible que el payaso que cobraba vida en Poltergeist.
Los que desarrollaron el residencial donde estaba la familia atacada por los fantasmas iracundos lo hicieron debajo de un cementerio, el que no fue reubicado para dar lugar a las nuevas edificaciones, sino que los responsables del proyecto solo se dedicaron a quitar las lápidas y dejaron a los muertos en ese mismo sitio.
De allí que esos muertos luego reclamaron a los residentes lo que había hecho la gente de bienes raíces movida por la ambición.
NUEVA CONTRIBUCIÓN
El torpe Poltergeist (2015), del realizador Gil Kenan, mantuvo el planteamiento de inversores que no les importa el bienestar de sus clientes, sino ganar dinero rápido y fácil.
Para ser solidario y actual con las nuevas generaciones de espectadores del cine industrial de terror, el guionista David Lindsay-Abaire agregó otras crisis financieras más recientes a la trama.
Añadió elementos de denuncia económica en el argumento de este remake (reposición) como los efectos de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y el alza de las tasas de desempleo que sometieron a ese país.
Como tenían tantas deudas y tan poca fluidez, el clan Bowen aceptó quedarse con la primera vivienda que les pareció aceptable, aunque a la larga estuviera hechizada, ya que Eric (Sam Rockwell), el padre, había perdido su empleo y su esposa Amy (Rosemarie DeWitt) era una ama de casa que trataba de retomar su carrera de escritora, aunque el cuidado de los chicos no le daba tregua.
También está presente en este triste regreso de Poltergeist una serie de referencias a la contaminación electromagnética, la que puede ser una de las causantes de que el barrio residencial de los Bowen sea más una pesadilla que un disfrute.
Es positivo darle fuerza argumental a una película comercial. Lo negativo es que todos los temas escabrosos, tanto los financieros como los relacionados con el medio ambiente, se plantean de manera tímida y aburrida. No se profundizan en su justa medida y solo están como de paso, como para darle un marco a los muertos que se rebelan, muertos que dicho sea de paso son poco creíbles, por lo que a los encargados de los efectos especiales habría que recomendarles ver series de televisión como Juego de Tronos o The Walking Dead.
Quizás el director Gil Kenan piensa que no es responsabilidad del terror ser tan profundo en sus planteamientos, esto traiciona lo hecho por Tobe Hooper y Steven Spielberg (quien coescribió y produjo la primera de las cuatro Poltergeist), sino que además colabora a que este género cinematográfico sea reducido a una serie de hechos que buscan provocar sobresaltos en el espectador, cuando puede ser mucho más que un conjunto de sustos y gritos.
Mientras que la propuesta de Tobe Hooper era más un thriller de suspenso, con varios momentos cómicos para transmitir cierta calma calculada (Steven Spielberg todavía no había llegado plenamente a su etapa sombría ni como cineasta ni como productor), la de Gil Kenan es más fiel a las características del terror convencional y busca ser escalofriante con trampas emocionales, aunque lo que producía en mí era cansancio, fatiga e irremediables ganas de irme a dormir (un espectador a mi derecha roncaba sin importarle que iba con una chica).
A la larga, la producción de Gil Kenan no logra superar, ni siquiera igualar, al Poltergeist original, que aunque sus efectos especiales y de maquillaje ya no conmocionan como antes, su trama mantiene su vigencia.
El Poltergeist de Gil Kenan tampoco puede enfrentarse a otros títulos más recientes del séptimo arte y mucho más eficaces a la hora de provocar espantos a granel, como El Conjuro, Insidious y Actividad Paranormal.
¿Qué recuerdos tienen de la Poltergeist original y qué expectativas tienen de este remake?
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