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04 jul El gran valor de los zombis

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Los zombies no tienen móviles, salvo un hambre voraz. Atacan, muerden y matan desde su condición de autómatas salidos de lugar desconocido.

No pronuncian palabras como el monstruo de Frankestein, carecen de pensamientos y sentimientos que le sobran a Drácula. Solo desean dominar su territorio y consumir a su cena perfecta: nosotros.

La turba de cuerpos en estado de descomposición causa angustia y horror, aunque sinceridad de por medio, también conlleva a cierta fascinación enfermiza al ponernos en contacto con las vísceras de los otros.

Sea placer o espanto lo que provoque ver estos infectados sin identidad, estos seres alienados son algo más que sanguinolentos organismos desagradables en movimiento. “Reflejan el miedo de la sociedad a que algo nos posea y nos haga menos humanos”, de acuerdo con la escritora Nancy Kilpatrick.

Ya sea los que caminan con torpeza, como en las producciones clásicas de George A. Romero, o los que parecen Speedy González con caras desfiguradas, como los de la película Guerra Mundial Z, que se estrena en Panamá, esta horda de cuerpos viscosos nos restriegan en la cara que le tenemos pavor a envejecer y a morir, pero en particular perturban porque son fuerzas foráneas que nos ubican en el sitio que merecemos.

Los muertos vivientes son metáforas que reflejan las preocupaciones políticas y sociales de cada tiempo.

Desde el pánico por el aumento de las dictaduras comunistas, el miedo por el mccarthismo y las protestas contra las guerras de Vietnam y Corea, como ocurrió en los filmes de la década de 1950, hasta la paranoia contra la inmigración, los estragos del declive económico, el nulo reparto equitativo de las riquezas y el abuso de poder en los largometrajes de épocas actuales.

Ese asedio motivado por estos purulentos sujetos nos expulsa de las normas civilizadas que, supuestamente, rigen nuestros actos y volvemos a ser primarios o quizás más sinceros. Estas pútridas criaturas ponen en evidencia que el humano sano es tan monstruoso, violento y cruel como la plaga de cadáveres andantes que desea eliminar.

Guerra sangrienta

Los hijos predilectos de la serie B y del género del terror han pasado a formar parte de la galería de la cultura pop contemporánea.  Su presencia es cada vez más notoria en los mejores vehículos para convertirlos en íconos de la mitología posmoderna: los videojuegos, el cine, los medios de comunicación social, los cómics, la internet y la literatura tradicional.

Libros tan tempranos como The Magic Island (1929) de W.B. Seabrook y películas  como White Zombie (1932), de Victor Halperin  y I Walked with a Zombie (1943), de Jacques Tourneur, demuestran que estamos ante un personaje que no es un fenómeno nuevo.

Entre La legión de los hombres sin alma (1932), repite Victor Halperin y la Guerra mundial Z (2013), de Marc Forster, se han llevado 476 proyectos audiovisuales en los que estos seres sin corazón que les funcione  han aparecido en la pantalla grande y en la televisión de acuerdo con cifras del sitio especializado imdb.com.

Sin incluir los 14 títulos que hasta ahora están programados para  2014.

Se han rodado producciones de este tipo no solo en la Unión Americana sino también en Noruega, Reino Unido, India, Singapur, Francia, Holanda, Finlandia, Rusia, Australia, México, Islandia, Japón, España, Canadá, Suecia, Irlanda, Bélgica y Alemania, entre otros.

En cuanto al negocio, el gran tema de Hollywood, la industria en la que se han producido unos 300 proyectos en esta línea argumental, los hombres y mujeres que deberían estar muertos han hecho un total de mil 138 millones de dólares en la taquilla norteña entre 1983 y   2013, según cálculos del sitio boxofficemojo.com.

Esta clase de películas son, por lo general, baratas. Van desde los dos o tres millones de dólares, aunque Guerra Mundial Z es una muestra bastante diferente, pues costó 190 millones de dólares.

Don Romero

El que sentó las bases de aquellas huestes agresivas que logran lo imposible, que las calles estén desoladas un día de semana, fue el director George A. Romero, quien los ha usado para ofrecer  lecturas del mundo actual.

Sus filmes proponen que esta sociedad de consumo está hecha jirones, que la descomposición incluye a los estamentos del poder, llámese Estados totalitarios, ejércitos aniquiladores, imperios económicos que consumen a los de abajo, economías rapaces, sindicatos corruptos, políticos sinvergüenzas, científicos sin límites, medios de comunicación desmedidos y líderes religiosos tramposos.

Sus salvajes son los hombres y las mujeres de la civilización actual, solo que con cuerpos llenos de sangre, vestuarios desgarrados y masas encefálicas al aire.

La degradación social en todos los ámbitos, en especial el caos que impera en las grandes ciudades, son el caldo de cultivo para las películas agobiantes de Romero, en las que los presidentes de los Gobiernos y de las corporaciones mundiales, así como los generales y los líderes de opinión, no sirven para mucha ayuda.

El héroe que derroca ese imperio antisistema es una persona común y cualquiera que organiza a una masa asustada y dispersa. Aunque al final, la política, la economía y la frivolidad de la cultura del espectáculo volverán a adormecer las conciencias de los humanos, hasta que otra horda de muertos vivientes los ponga a correr.

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