Ante los ojos atónitos de miradas extraviadas tratamos de ver el alma, tratamos de explorar la mente y nos sumergimos en el profundo y turbulento mar en cada una de nuestras entrañas; mutamos con las estaciones, cambiamos de piel como la serpiente. Cuando creemos conocernos perfectamente nos sorprendemos y nos engañamos. Pero, pedimos amor... amor... para que no agonice la esperanza.
En nuestros ojos está la respuesta a este enigma que somos y que no logramos alcanzar, porque sumergiéndonos en la inmensidad de un mundo sombrío encontramos frías y espesas tinieblas que nos envuelven en la nada, en el vacío. Y, a pesar de todo, tratamos de encender velas que el viento no logre apagar... Velas de amor, amor... para que no agonice la esperanza. Bienvenida criatura extraña, cúbrete de magia, de misterios; llena la naturaleza de sacudidas y estremecimientos con tu alegría, con tus risas y emociones aunque por instantes esta muestre signos de debilidad, en el que siempre tú, yo exigamos: amor... amor, que no agonice la esperanza.

