El único ejemplo paralelo que puedo encontrar -sin decir que es una alegoría, porque entonces ya sería cruel con la situación de Athens Pizza-, es la situación del mercado de valores de Grecia: ambos han caído por el suelo.
Primero pedimos una de las otrora estéticamente agradables ensaladas de mozarella con pepperoncini, donde la mozarella tenía apariencia de largas tiras de tagliatelle y los linguini se podían apreciar enteros o en grandes trozos. Ahora lo que te sirven es un picadillo arrevoltijado de peperoncini, pepinos y tomates, con el mozarella desmenuzado por debajo.
Tres palabras: nada que ver. Hasta al fiel satziki le han quitado su gracia, puesto que la salsita de yogur viene más delgada, y el pan…. Bueno eso ya es otra cosa: no viene recién sacado del horno y crocante sino que medio chicloso, un gran bajón de calidad.
Una pizza Athens de pernil, tamaño chico, y la pizza hasta trajo “cuellito”, un borde levantadito que no debió estar ahí jamás.
Los postres fueron la salvación del día: el curable no se metió con nadie; el baklava sí tuvo el problema de que justo en el medio trajo un aglutinamiento de filo durísimo de morder. Ah, antes de que se me olvide: mi té jumbo no trajo hielo por ninguna parte. Llegada la hora de los yogures, estaban deliciosos. Pedimos uno de blueberries y otro de miel y nueces, que hubiera estado mil veces mejor si las nueces no hubiesen sabido a cebolla. No lavaron el cuchillo entre una tarea y la otra. El servicio, eso sí que estuvo regio, y los precios, como siempre, muy económicos. Dixit.



