Por: Rasela Winkler
Ya es hora. Detén las manecillas del reloj y arranca de él tiempo en que distantes estamos. Quedémonos bajo la luna. Basta con tu amor y el mío para irradiar los faroles infinitos. Tu infinita mirada da en el blanco de mis deseos. Te acercas a mi oído y recibo un cálido susurro; luego, delicadamente, posas tus labios sobre los míos. Ese beso: tan breve, pero tan intenso, tan efímero para otros, pero tan peculiar para mí, es tan tuyo… y tan mío también.
Estamos solos tú y yo: sin nada, ni nadie; sin lamentos, ni testigos; ni siquiera nuestras sombras nos perturban. Solamente reina la hermosa noche con su manto de ébano y magistral luz. ¿Quieres más? Nuestra penumbra no es oscura, no es triste, no es melancólica. Nuestras manos alumbran cada rincón desconocido. Escúchame. No es tan tarde como parece ser, es apenas el comienzo: el comienzo de la eterna aurora en la que los dos viviremos a partir de besos.
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