Gladys H. de Bernett
La luz del camino es delgada y abraza nuestros rostros, nuestros atardeceres. El mar se extiende y con nuestro dedo índice señalamos que son otras las orillas. Otros los límites. Orillas doradas. Las piedras arrojadas dieron duro golpe porque en la casa vieja en donde el viento acaricia el agua de la "quebrada" la playa nace una madrugada con encaje de vientre azul, pero hay aguas saladas que permiten sentarnos junto al sol que pintamos en nuestra infancia. Miramos el cielo pincelado de bellos colores con vericuetos, rodeos y garabateos que destacan los deseos de regresar para encontrar añoranzas marcadas.
El sobresalto se siente con música, con alegría en el largo mugido de una vaca que llama a su cría. También, en la luna, en el valle, hay melodías que abrazan con serenata y con un suave eco, todos los espacios. Allí, allí, se esparce y se ilumina el cielo desteñido en una mirada con rayos multicolores. Son los hermosos agujeros de plata que acechan la ventolinas en el trasluz de un atardecer en Chiriquí...
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