Más de un siglo después de revolucionar el estilo de vida y convertirse en uno de los hitos más destacados de la modernidad, a pie de calle pocos podrían decir quién tuvo la audacia de desarrollar el primer aparato telefónico.
Buscando dar luz a esta duda, en 2002 el Congreso de Estados Unidos, lugar donde se registró la patente de Alexander Graham Bell el 7 de marzo de 1876, aprobó una resolución donde se reconoce a Antonio Meucci como su verdadero inventor.
El ingeniero italiano, como recoge el periódico británico The Guardian al hilo de la merecida reparación post mórtem, habría presentado en la ciudad de Nueva York su “teletrófono” en 1860, tres lustros antes de que Bell firmara la patente.
El origen de este primitivo teléfono fue una enfermedad que paralizó el cuerpo de la esposa de Meucci. Para comunicarse con ella desde su taller, el inventor diseñó este sistema, que apareció publicado como una novedad en la prensa de Nueva York de ese entonces.
En 1871, Meucci presentó un bosquejo de su invento para lo que sería una patente inminente, sin embargo, no contaba con los 250 dólares -una pequeña fortuna para la época- para formalizar la patente definitiva, perdiendo su oportunidad.
Intentando rentabilizar su invención, afirma el diario inglés, resolvió enviar a Western Union un modelo de su “telégrafo parlante”, junto a una explicación técnica, sin lograr siquiera reunirse con ejecutivos de esta firma ni recuperar los materiales que utilizó para su invento.
En cambio, cuando Bell patentó el teléfono en 1876 sí selló un importante acuerdo con Western Union.
A pesar de que Meucci denunció y cerca estuvo de revertir esta situación, su muerte en 1889 acabó con la acción legal y así su legado permaneció en el silencio por varias décadas.

