Dice el cuento que Andrea Gritti murió un día de diciembre de 1538, tras una pantagruélica atracada de anguilas asadas en Nochebuena.
Y es que las anguilas están asociadas con las fiestas de fin de año en Venecia, donde también protagonizan el risotto della visilia, (literalmente, "arroz de vigilia") en Nochebuena, y un extraño plato creado por los vidrieros de Murano, el bisato scotà, que no puede replicarse ya que ellos bañan la anguila en vidrio líquido hirviente, y una vez cocida la una y endurecido el otro, rompen el vidrio y comen.
También los austríacos disfrutaban de una buena carpa, ni se diga los noruegos, con sus salmones y bacalaos. Los italianos, por su parte, consumen aún lentejas en ciertos platos como el zampone con lenticchie, patitas de cerdo rellenas de lenteja, de Emilia Romana; y en la noche de San Silvestre (31 de diciembre), por toda Roma se consumen lentejas.
Así que para nuestro festín sustituimos las lentejas por un delicioso y criollísimo plato de arroz con coco, guandú y langostinos (no de los más grandes) apenas hervidos con mucha sal, para disfrutar con el pargo. De postre estuve tentada por el turrón, gracias a las preocupaciones de la mesa navideña sufridas en el siglo XVI por el rey Felipe III de España, quien mandó a distribuir más turrón entre los pobres, para ayudarles a celebrar Navidad.
Pero con el alza del costo del turrón importado, nos decantamos por un zapallo hervido con miel de caña, canela y clavitos, y redescubrimos la cabanga, esa delicia interiorana hecha con papaya verde, coco y miel de caña. Y si por ahí algún buen samaritano llega tocando con los codos, con una botellita de ron o espumante, que no tiene que ser champaña; o con media docena de tamales con que redondear la mesa del veinticuatro o veinticinco, me sentiré igual de feliz. Y daré gracias al agricultor, al pescador y al zafrero que hicieron posible este festín panameño.
