Hoy en día, puedes encontrar hasta Red velvet cake; hay tiendas especializadas en donuts, por amor a Dios, pero nadie voltea a ver al volteado, a menos que sea en la panadería de un rinconcito macondiano donde el tiempo se contorsiona.
Así que cuando vino la prole a cantarle sapoverde a Mamita, decidí hacer algunos clásicos de nuestra infancia (lo del plato fuerte lo dejo para otro día) y se me ocurrió hacer un buen volteado de piña. Y luego un hermano pidió uno de durazno. Entonces, como la cumpleañera no recordaba cuál receta usaba (esa firme creyente en las instrucciones por escrito jamás entraba en la cocina sin libro en mano) decidí que era la del libro X.
Para cuando llegó la fotógrafa del diario, ya yo estaba como Rachel Ray, con un hermoso volteado de piña para la foto de portada, y otro, a medias, para que tú, querido lector, veas cómo se ponen las piñitas en el fondo (me lo copié del cookbook).
Pero evidentemente esa no era la receta del bizcocho ni las proporciones del fondo volteado, porque se ve hermoso, pero no sabía como el de Mamita. Así que al día siguiente volví a la faena, pero esta vez me recordé de la vez que un malcriado escarbó todas las rodajas de piña de un volteado que llevé a un fin de semana playero.
Así que me puse a hacer otro, y esta vez lo hice “a mi manera”. La receta que les presento tiene más azúcar morena de lo normal, porque me gusta el fondo chiclosito.
Y usé la receta de sponge cake de Mamita, aunque si quieres bien puedes comprar una caja de yellow cake o algo así y te ahorras la separadera de huevos, etc.
Para evitar que un manzanillo se robe todas las piñas, usa piña fresca (mejor que la enlatada) picada en tuquitos, y le metes nueces picadas al fondo. Y ese se ve feísimo, pero sabe a gloria.
