FAMILIA. MODIFICACIÓN DEL COMPORTAMIENTO DE LOS HIJOS.

Conducta y consecuencia

Antes de imponer castigos a los niños, es esencial conocer los efectos que estos pueden tener no solo en ellos, sino en los demás miembros de la familia.

Conducta y consecuencia
Conducta y consecuencia

¿Cómo saber el límite entre educar y pasarse con un castigo? Castigar a un niño implica más que reprimirlo solo a él: involucra a toda la familia.

Laura* confronta problemas con su esposo desde hace ocho meses. Su hijo Enrique, de 11 años, ha “agarrado la manía” de pegarle a su hermana, de cinco. Laura, quien se encarga de los niños mientras su esposo trabaja, lo castiga prohibiéndole salir de la casa por una o dos semanas, pero su esposo aduce que el castigo es muy largo, y que “por su culpa” él no puede llevar a sus hijos a pasear. Eso ha causado más roces entre ellos.

Los castigos que Gabriela* le impone a sus hijas -de 13, 10 y 6 años- no le provocan peleas con su esposo, pero sí conflictos internos. A las menores las castiga poco, por eso sabe que, cuando lo hace, “les duele”. Pero su dilema es con la de 13 años, que “anda contestona y altanera”.

Si le niega ver televisión, debe hacer guardia para que no la vea con las hermanas, y si le ordena pararse en la esquina, se castiga a sí misma, “porque si me muevo se sienta”. Lo mismo pasa cuando le prohíbe salir un sábado. “Si no hay nana, todos quedamos castigados”.

Es esencial que los padres se aseguren de “no crear un efecto en cadena en el que el resto de la familia se vea afectada”, explica la psicóloga Giselle Adames, y recalca que “otorgar consecuencias requiere conocer la extensión de sus efectos”.

TIEMPO, FACTOR IMPORTANTE

Los castigos largos son, para Adames, poco efectivos. “Deben ser lo más inmediatos posibles luego de la conducta inapropiada, para establecer esa relación entre conducta y consecuencia”, dice.

Aunque no hay un tiempo específico, pues eso depende de la edad del niño, el sitio donde ocurre la falta y las circunstancias, una de las medidas a aplicar es el time out, en el que, explica, la cantidad de minutos corresponde a la edad.

El menor debe ubicarse cerca de la actividad que desea realizar para poder ver lo que pasa, pero suficientemente lejos para no poder participar, con el fin de “calmarlo”, hacerlo reflexionar y modificar su conducta.

Fernando Coraminas, en el libro Cómo Educar la Voluntad, se muestra de acuerdo: “un castigo corto es mucho más eficaz que uno largo. Lo importante es que el hijo sepa que por su mala actuación merece un castigo, y lo tenga”.

CASTIGOS, ¿INDISPENSABLES?

Para Adames, quien prefiere llamar a los castigos “consecuencias”, estos son importantes. “A medida que estas aparecen y el niño comprende su relación, es posible ver cambios y promover la aparición de consecuencias positivas que actuarán como reforzadores de la conducta esperada y apropiada”, dice.

Los castigos -dice la doctora en psicología y educación Roberta Maso-Fleischman en padresehijos.org- son un método “rápido, seguro y efectivo”. Pero, recalca, deben acom- pañarse de “una comunicación que permita una verdadera comprensión de la situación y ayude al niño a encontrar alternativas”. De lo contrario, “pueden crear sumisión, rebeldía o violencia”.

Y, ¿no castigar es una opción? Para Adames, no. “Es esencial que el menor establezca la relación conducta-consecuencia. Un menor que convive en un ambiente en el que no hay consecuencias pierde de vista aspectos importantes de las relaciones interpersonales y de la convivencia, como el respeto, los límites, la responsabilidad y la empatía”.

Para la psicóloga infantil de la Universidad Católica de Chile, Neva Milicic -como cita en la página familia.cl-, “es un gran error aplicar cualquier tipo de castigo a los hijos, porque provocan daños importantes en su desarrollo”. Apunta que el niño debe aprender las consecuencias de sus actos, por lo que “apenas esté en edad de hacerlo, hay que preguntarle cómo podría arreglar la situación y cómo podría evitar que le sucediera en el futuro”.

La diferencia, dice, “es que en el castigo el niño paga su culpa, mas no hace propósitos para el futuro. La idea es que no hagan las cosas por miedo, porque eso pierde su efectividad cuando la persona que ejerce el castigo desaparece”.

Por ejemplo: “si sabe que debe hacer sus tareas entre las 4:00 p.m. y 5:00 p.m., y no las hace porque a esa hora prefirió jugar, tendrá que hacerlas a las 6:00 p.m. o 7:00 p.m., aunque a esa hora estén dando su programa favorito”.

Ahora, hay padres que castigan demasiado. ¿Pierden impacto esos castigos? Para Adames, “una convivencia exage- radamente estructurada, en la que no hay espacio para cometer errores y enmendarlos luego de que el niño ve la relación conducta-consecuencia, afecta el nivel de tolerancia a la frustración, autoestima y relaciones interpersonales”.

Los expertos concuerdan en que en este tema, como en otros, hay que buscar un balance.

*Los nombres se cambiaron.


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