LA VOZ DE LA ACADEMIA

Diccionario de ortografía

“La unidad ortográfica constituye, pues, el soporte más visible del sentimiento de comunidad lingüística y cultural entre países que se expresen en una misma lengua y, en dimensiones que no son difíciles de imaginar, facilita las relaciones sociales, políticas y económicas” Ortografía, 2010

Nuestro idioma sigue teniendo la ortografía más fácil. Recordemos que ha tomado siglos, y hoy, tras 11 años de arduo trabajo conjunto, la nueva Ortografía recoge el habla de América, España y Filipinas. Se respetan diferencias y el consenso es el verdadero logro. Con un resultado perfectible; pero, con grandes ventajas, y el mejor hasta ahora. Algunas novedades, no tan nuevas... Esta Ortografía tiene lo que demandan los hablantes y la forma culta indica, aunque de manera más detallada que en obras anteriores, veamos:

Ch y ll: son dígrafos, no letras –estas, propiamente son los grafemas, signos gráficos simples –como es en una lengua con correspondencia entre grafemas y fonemas (signo gráfico y sonido)- Ahora, en la letra c, después del último vocablo con prefijo ce y antes del primero con ci, estarán los que inicien con ch. Y en la letra l, a partir probablemente del vocablo lizo y antes de lo, los que comiencen con ll. Sin menoscabo de significado o sonido en ninguna palabra con alguno de estos dígrafos.

Y: una letra cuyo nombre es el de otra, “i griega”, lo que se debe a su vocalización, y como prefieren llamarla algunos hablantes, sobre todo de edad madura. Grupos con más actualización académica, profesores y estudiantes, cada vez más la llaman ye. Tal como se sugiere en la nueva Ortografía; con lo cual, por cierto, la i recupera la autonomía de su nombre.

V: Algunas personas, en Panamá cada vez menos, dicen [b] corta o [b] chica. Y es muy frecuente entre hablantes jóvenes y personas con uso más culto de la lengua, que la llamen uve. Lo de [b] de vaca, se da cada vez menos y en modo coloquial. Nadie diría en una conferencia [b] de vaca o de burro.

W: En este caso la “novedad” será para los españoles y un poco menos para estos lares. Ellos la han llamado siempre uve doble. Aquí, como en gran parte de América, le decimos doble u. Las Academias acordaron denominarla doble uve.

Sí, novedades no tan nuevas. Con acierto, apuntaba Bello que “El mayor grado de perfección de que la escritura es susceptible, y el punto a que por consiguiente deben aspirar todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia entre los sonidos elementales de la lengua y los signos o letras que han de representarlos, por manera que a cada sonido elemental corresponda invariablemente una letra, y a cada letra corresponda con la misma invariabilidad un sonido”. Además, sugería, “Destiérrese, replica la sana razón, esa superflua multiplicidad de signos, dejando de todos ellos aquél solo que por su unidad de valor merezca la preferencia”.

La Academia dice: no se trata de acatar órdenes, sino de decidir a modo personal si tomaremos en cuenta sugerencias que, con el más logrado consenso en la historia de la lengua española, ofrecen los estudiosos de nuestra lengua, basados en la orden implícita del uso, la lógica y la realidad. Los hablantes decidimos, los académicos recogieron. La cosecha va plasmada en un libro azul y oro que no dice cómo debemos hablar o escribir, sino cómo lo estamos haciendo, y sugiere cuál es la mejor forma de hacerlo. Es lícito pensar que la lengua española cuenta hoy con una ortografía sólida, exhaustiva, razonada y moderna.

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