No cabe la menor duda de que el hecho de haber erigido en una de las provincias de la República tan importante centro educacional, cuyo nombre es el de esta página de hoy, fue un genial acierto del presidente de la nación (desde el 1º de octubre de 1936 hasta el 16 de diciembre de 1939, cuando falleció a causa de lo que fue diagnosticado como un infarto del miocardio).
Las familias de los futuros estudiantes, sobre todo las capitalinas, se opusieron en sus inicios a tan magnífica idea. Que sus jóvenes familiares tuvieran que trasladarse hasta allá, era muy sospechoso de imaginarios peligros para ellas.
Pero nada, no hubo tal, y fue así como todo el territorio panameño comenzó a descentralizarse (aún hace falta una dosis mayor de ello).
La tendencia de la población rural a concentrarse en las metrópolis y la repugnancia de los habitantes, estos últimos por radicarse en sitios lejanos, eran una tendencia que lógicamente habría que vencer.
Fue el ingeniero Luis Caselli el constructor.
La piedra tan importante allí fue traída de una cantera a la entrada de la población de la Atalaya por Alejandro López. El diseño arquitectónico fue creado por el escultor español Rodríguez del Villar, de manera especial en su majestuosa fachada de estilo barroco.
El 5 de junio de 1938, todo estuvo listo y la Normal comenzó con su fructífera labor que, desde entonces, no se ha interrumpido. Pero el clima ese día no fue el ideal, ya que llovió e hizo frío.
En un avión de la compañía Marcos Gelabert, desde esta capital, siete personas que constituyeron la embajada oficial se trasladaron hasta Veraguas.
Ellos fueron el primer mandatario y su esposa Malvina Galindo; Rafael Samudio, diputado por Veraguas y periodista local; Leo Pardo, también periodista, pero de La Estrella de Panamá; Nicolás Ardito Barletta, edecán presidencial; el capital Abel Quinterio, jefe de la guardia de la presidencia, y doña Mercedes V. de Arosemena.
Hubo, como es natural, los discursos de rigor. Aprovechemos para recordar que ya desde 1844 existían en esta ciudad capital 25 escuelas públicas de varones con 107 alumnos; en cambio, no había para niñas.
¿Por qué? Casi un número igual de planteles privados eran los existentes: aquí sí para los dos sexos.
Para 1846, siendo gobernador del Istmo Tomás Herrera, existió una especie de Escuela Normal, pero de muy efímera duración.
Todo esto lo hemos leído en un trabajo que Silvio Meléndez escribió sobre la historia de la educación en nuestra nación.
Eran épocas también en que Gil Colunje se quejaba ante la Asamblea Nacional del estado lamentable de postración en que se encontraba tan primordial labor.
Y aún nos falta mucho por recorrer, con lo cual no queremos para nada decir que las instituciones educativas de nuestra nación no cumplen su función.
Por ejemplo, de la Escuela Normal, que hoy nos ocupa, han salido miles de maestros, pero no solo necesitamos tanta cantidad, sino más importante aún, mucha calidad.
Las cifras altas de allí o de otras partes nos pueden engañar, pero los resultados así sean a causa de pocos elementos no.




