Han pasado más de 60 años desde que el niño Carlos Alberto González Palomino iba tomado de la mano de su abuela los domingos a la iglesia de Santa Ana. En esos días, el chico entraba a la que fuera la parroquia de extramuros, y no escuchaba las lecturas bíblicas ni el sermón, sus ojos –y su total atención– estaban concentrados en las obras de arte de la iglesia. “Ahí me entusiasmé y siempre decía: algún día tengo que pintar el Vía Crucis”.
Por fin, ese día ha llegado. “Ya cumplí con esa necesidad o esa obsesión, no sé lo que era”, nos dice uno de los muralistas más valiosos del país, quien se acomoda a las dimensiones de un lienzo para presentar esta serie desde mañana en Flor de Lis, y será a beneficio del Seminario Mayor San José.
A nivel de técnica, la muestra relaciona lo antiguo con lo moderno.
Confiesa que la idea le dio varias vueltas en la cabeza, hasta que se decidió por una representación de 16 estaciones del Vía Crucis, en las que ha trabajado durante dos años.
Entre sus idas a la iglesia de Santa Ana y esta muestra han pasado acontecimientos importantes en la vida del maestro Palomino.
Siendo joven, solía restaurar las imágenes de los santos y demás figuras en las iglesias. Era un oficio para costearse la vida. Pero el tema religioso lo incorporó a su obra desde temprano; por ejemplo, el mural que hizo en la Escuela República de Perú, en Barraza, y que fue el trabajo que le granjeara una beca para estudiar en el país sureño.
VEA Trayectoria muralista
