Hueca magia digital

‘Tron, el legado’ es un placer sonoro y visual. Sus sentidos estarán de fiesta, pero a su inteligencia le dolerá la cabeza o se dormirá.

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Los estudios Disney han cometido otro crimen intelectual: desperdiciar millones de dólares en una película que es hermosa en términos visuales y sonoros, todo un éxtasis sensorial, pero que carece de peso y valor argumental. Eso es Tron, el legado, una linda flor de papel cartón.

Esta nueva Tron, una secuela de una película de culto estrenada en 1982, es una metáfora de nuestros tiempos superficiales, donde lo que importa es el exterior (quien tiene dinero lo mejora a la perfección) y despreciamos el interior porque no se ve y porque encima para cultivarlo debe esforzarse para ser mejor persona.

No me vengan con que el tema de Tron es la falta de humanidad en el mundo, porque en sí no muestra un estricto sentido ni moral ni místico ni ideológico. Sí, por momentos, transita por esos mares, como la lucha de los gladiadores mecánicos o cuando se va organizando un ejército fascista, pero su profundidad es nula.

Tampoco hay en este Tron una trama esculpida, solo hay ideas vagas y sueltas. Sus personajes sufren de la misma enfermedad: son marionetas huecas.

Esta es una película que se enmarca en un subgénero que es hijo de la ciencia ficción: el cyberpunk, cuyo enfoque siempre ha sido mostrar los peligros que hay cuando los avances cibernéticos dejan huérfana a la gente de su condición emotiva de seres de sangre y razón. Su camino es denunciar el desorden social, económico, filosófico, y ambiental, cuando lo que es relevante es la tecnología y lo demás pasa a un cuarto plano como pasa hoy en el mundo.

El cyberpunk tiene representantes que son obras maestras, de las que Tron, el legado se copia tanto en su puesta en escena como en sus supuestos mensajes a favor del bien colectivo, como las cintas estadounidenses Blade Runner (1982) de Ridley Scott; Matrix (1999) de los hermanos Andy y Larry Wachowski y Dark City (1998) de Alex Proyas, así como de la británica Brazil (1985) de Terry Gilliam y de la serie de animación japonesa Ghost in the Shell.

Tron, el legado es por todas estas razones una calle sin salida conocida.

Después de un rato tampoco es emocionante ver a hombres y mujeres vestidos en ceñidos trajes iluminados y peleando con armas parecidas a los frisbee con los que uno juega en días de verano.

Salva un tanto la patria los esfuerzos interpretativos de Jeff Bridges, pero el resto produce un cansancio tan grande como bostezo de elefante con tedio. Sus escenas de combate dan pereza y su clímax es cursi a morir.

Esta película de ciencia ficción tuvo un presupuesto de 170 millones de dólares y ha obtenido hasta ahora 328 millones de dólares en la boletería mundial.


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