Como bien pueden comprender, esta columna la debo entregar días antes de su publicación. Y anoche, mientras fantocheaba con el concepto vi una peli especial para la tele, en ¡color! sobre Bonanza. Aclaro que hablo de la serie de tele que fue una de las primeras en salir al aire por allá por los prematuros 60. Se trataba sobre la familia Cartwright, dueña de un rancho enorme en Texas, por el siglo XIX.
Como todo en esa época, era tierra de nadie. La disyuntiva yacía en el hecho de que la familia Cartwrigjt (papi y tres hijos) trataban de mantener sus no sé cuántos kilómetros cuadrados mientras sustentaban estándares éticos, que no se han visto desde entonces en la vida real.
Y ahora, a la vida real. Dos palabras: Sarah Palin. Cada vez que la veo o escucho, me dan unas vomitivas que necesitan, por lo menos, un baño en el Ganges (por el momento el Alajuela no es optativo).
Referente al título de la columna, el DRAE dice que el libelo es un “Escrito en que se denigra o infama a alguien o algo” y que proviene del latín libellus, un librillo o escrito breve”. Pero al paso que va la Palin, ya no sería un brevario, sino una antología de estupideces ideológicas, o sino necesitaría al cirujano plástico aquel de dudosa probidad moral del programa Nip/Tuck, para que le ajuste mandíbula y lengua –ah, y al neurocirujano guapachoso de Grey’s Anatomy para que contribuya con una lobotomía– que sustentan su plataforma política.
Fuera de contexto, las diatribas de la Palin serían potables. Dice, por ejemplo, que si “los hombres y mujeres fueran ángeles, no habría necesidad de gobierno”. Suena perfectamente lógico hasta que recuerdas que es la misma tipa que insistió enfáticamente que “en un mundo ideal, el discurso sería cívico y todas las discrepancias, cordiales.
Pero nuestros Padres Fundadores sabían que no estaban diseñando un sistema para hombres y mujeres perfectos”. Totalmente de acuerdo, Sarita, si olvidamos tus tarupideces (contracción de taradez y estupideces) gratuitas, enunciadas en tu balconete alasqueño, desde donde oteas a Putin et al en sus dachas.
Pero a lo que voy es que la favorita actual de la wasileña es blood libel, que utiliza para acusar a sus detractores: el terrible “libelo sangriento”, que viene sopeteándose desde el medioevo para imputar crímenes de lesa humanidad (o sea, horrores sin merced, perpretrados contra gentes de religión contraria, e.g. cristianos y moros), es que estoy convencida de que la tipa es tan densa –lo que es realmente alarmante considerando que bien podría ganar la presidencia de EU– y que es muy posible que no tenga ni idea de lo que significa la frase “libelo de sangre” que muy bien pudiera haber originado la fibula de Hansel y Gretel: viene desde el medioevo o antes y se refiere al sacrificio ritual de niños cristianos por parte de judíos o vice versa.
Lo aterrador, en todo caso, es que una persona con definidas ambiciones políticas, y no poca posibilidad de llegar al liderazgo, sea capaz de describir a sus detractores –y lo que los mismos tachan con mucha razón dado su corte facha– contra ella, como un “libelo sangriento” ¿Y esta tipa pretende ser la próxima persona más potente del mundo? Como dirían los vicarios de la máxima autoridad espiritual: Que Dios nos agarre confesados.
Porque si la Godzilla de Wasilla puede enunciar tales fracesitas mientras mata venados en helicóptero, sin tener un ápice constitucional de poder, me estremezco al pensar qué haría, con Biblia en mano.
