Con la muerte ayer, en Brescia (norte de Italia) del director de orquesta Carlo María Giulini, que cumplió 91 años el pasado mayo, desaparece una de las más grandes batutas de la música del siglo XX.
Nacido en la sureña localidad italiana de Barletta el 9 de mayo de 1914, Giulini fue uno de los más emblemáticos representantes de la vieja escuela musical, con un repertorio clásico que sólo en raras ocasiones se abrió al Novecento para incluir a compositores de su generación.
Su método de trabajo era célebre por su enorme meticulosidad, que rayaba en la manía y buscaba extraer de cada pieza musical la transparencia y el sonido perfecto.
Ello le hizo ser contemplado como un director casi místico, para algunos un asceta de la interpretación, con un estilo que muchos críticos contemplaban como una auténtica ingeniería musical.
Así, sus interpretaciones estuvieron marcadas siempre por el estilo refinado y riguroso de una intensidad nunca demasiado explícita, con la búsqueda de la armonía recóndita, en línea con su carácter discreto y señorial.
El célebre italiano recogió numerosos galardones a lo largo de su carrera.
