Por lo general, uno está acostumbrado a trastabillar con la barrera del idioma cuando se va de viaje.
Pero, a mis RdT nos resultó tragicómico cuando visitamos el restaurante Halal (que sigue las reglas dietéticas de la religión) que me habían recomendado muy emocionados mis conocidos.
Primero, es difícil de encontrar: se anuncia con un telón rojo amarrado a las rejas blancas del “balconcito”.
Cometimos el garrafal error de ir un viernes.
Y es que, tras los rezos en la mezquita, los miembros de la comunidad se ven ahí.
Cuando llegamos, el restaurante estaba desierto y fue difícil convencer a la salonera de que nos dejara sentar adentro. Decía que todo estaba reservado, y no entendíamos cómo ni por qué, pero finalmente la pobre sucumbió y nos dejó entrar.
Acto seguido pedimos el menú, y ella no sabía explicarlo. Pedimos hablar con el chef y preguntar qué era cada plato, y como el personaje no hablaba español, y escaso inglés, la frustración montaba de parte en parte.
Finalmente logramos establecer el método “tin marín de dos pingüé”. Esto es lo que terminamos comiendo.
Primero, te traen papadums, unos discos dorados de harina de lenteja con especias, divinos, y un bol de una salsita de cilantro rica.
Las únicas carnes que hay en el menú son de pollo y cordero, y de este último no había. Así que solo pío pío.
Primero pedimos un pollo tikka kebab, que vino con salsa de yogur y cilantro, en una plancha hirviendo.
Seguimos con pollo al tandoor, horno de arcilla del que proceden ricos platillos.
Lo acompañamos con raita (yogur, cebolla, tomate).
Acto II: pollo tikka masala con una salsa deliciosa de tomate, yogur, crema y cilantro, que nos comimos dichosos empujándolo con naan (especie de hojaldras que se cocinan pegándose a las paredes interiores del tandoor) y con un rico arroz jeera, o sea, con comino.
Guardamos un poco del arroz para el daal peshawara, o sea lentejas amarillas, que estuvieron bajas de sal.
Tenían un lassi muy rico (bebida de yogur), pero ¿alcohol? Definitely not en casa de Alá. Dixit.




