Hoy vamos a traer ante ustedes a tres personajes cuyas acciones y procederes ejecutados hace ya largo tiempo, hicieron que por su trascendencia no se hayan podido olvidar, y es por ello que siglos después aún son rememorados.
Son Francisco Javier de Luna Victoria y Castro, Manuel José Hurtado y Nicanor Villalaz. A lo largo de estas líneas daremos fe de por qué son recordados estos valiosos ciudadanos.
Vivieron en épocas diferentes, pero acá los mencionaremos de acuerdo al orden en que vivieron, es decir, del más antiguo al más reciente.
El primero tuvo dos actividades muy diferentes, fue nada menos que soldado y sacerdote; el segundo se ocupó más de aspectos educacionales; y el tercero de asuntos jurídicos, aún cuando fue también el creador de nuestro escudo de armas.
No nos olvidemos que fueron épocas, de que en Panamá eran más que notorias, por lo imprescindibles, las ausencias de personas dedicadas a esos oficios.
Nuestro territorio era muy extenso, ya que se ocupaba desde el Atrato hasta Guatemala. En tiempos de Francisco Javier de Luna y Victoria, estaba dividida en las provincias de Panamá, Portobelo, Darién y Veraguas.
La primera de éstas comprendía o abarcaba también a Nata y a La Villa de Los Santos (estamos hablando de 1751 y algunos años subsiguientes) además de seis lugares y 14 pueblos con un total de 7 mil 856 habitantes, sin contar a los indios y a los esclavos que en los absurdos censos de aquellos tiempos, ¡no se consideraban!
La de Portobelo incluía la población del mismo nombre, Palenque, habitada por individuos de la raza negra ya libres, las minas de Santa Rita y la venta de Boquerón. Allí existían mil 262 habitantes.
La del Darién estaba formada por los poblados de Santa Cruz de Cana, el Real de Santa María, Chepigana y Cupé, allí existen otros caseríos. En total poseía 3 mil habitantes.
Y por último Veraguas, con tres colectividades, a saber: Santiago, Remedios y Alanje, y además de casi 50 caseríos con un total de 4 mil 952 pobladores.
De repente las flotas de barcos que efectuaban el tráfico con España fueron descontinuadas por varios motivos, lo cual, como era de esperarse, trajo la decadencia en todo sentido de este reino de Tierra Firme.
El comercio quedó reducido, los puertos inactivos. En el Darién hubo frecuentes levantamientos de sus aborígenes que, como era de esperarse, redujeron a los extranjeros y también al comercio.
Para completar tantos obstáculos al desarrollo, un gran incendio, el de 21 de marzo de 1756, destruyó la construcción aledaña a lo que hoy se conoce como la Plaza de la Catedral.
Se conoció como el fuego chico para diferenciarlo del ocurrido en 1737.
Nos hacen falta aún muchos datos pertinentes de cómo era la Panamá de aquellos tiempos, mas suspendemos aquí para dedicarnos a las fotografías que vais a ver y que esperamos despierten especial interés.

