A pesar de tener dos pies izquierdos, un turista se puede animar a viajar a Cali (Colombia) para aprender a bailar salsa, mientras que en el viejo mundo un seguidor de la saga de El Señor de Los Anillos aterriza en Nueva Zelanda para recorrer los paisajes en que se desarrolla la película.
Además de conocer diversos destinos, ambos personajes han consumido primordialmente cultura.
El turista cultural no es solo aquel que visita museos, explica el español Jordi Tresserras, doctor en geografía e historia, quien dictará mañana lunes, a las 7:00 p.m., la charla “Nuevas tendencias en turismo cultural: retos y perspectivas”, en la Biblioteca Nacional, como parte del proyecto “I+D en Cultura”.
Recorrer rutas en sitios arqueológicos subacuáticos que tienen hasta “audioguías para oír debajo del agua”, es apenas una de las travesías que el visitante puede emprender, recalca.
“Turismo arqueológico’, con este término la gente puede decir ¡qué aburrido! pero no, con él se puede obtener sensaciones muy buenas”, dice Tresserras, quien también ha trabajado como arqueólogo.
Sin darse cuenta, hoy –ya sea dentro del país de residencia o en el extranjero- todos han ejercido el turismo cultural, actividad que en el siglo XVIII solo era practicada por los nobles y los burgueses de Europa. Antes de casarse, estos últimos viajaban a Florencia (Italia) para enriquecerse de cultura.
“Ahora que ha llegado a todo el mundo, el tema del turismo cultural lo hace muchísima gente: hasta un joven que va a un festival de rock o hip hop celebrado en otro lugar también está haciendo turismo cultural”, señala.
La ciudad de París (Francia) es, ahora mismo, el principal destino turístico del mundo, señala el especialista en gestión patrimonial, sin dejar de mencionar otros destinos como Italia, España, México, Perú, China y Japón, que han hecho de su cultura un negocio que, además de generar ingresos económicos, ha permitido que sus habitantes afiancen su identidad.
VEA Identidad que se exporta

