Paulo Coelho Conviviendo con los demás

CONTINÚE EN EL DESIERTO. -¿Por qué vive usted en el desierto?-Porque no consigo ser lo que deseo. Cuando empiezo a ser yo mismo, las personas me tratan con falsa reverencia. Cuando soy verdadero en lo que concierne a mi fe, entonces las mismas personas empiezan a desconfiar. Todos se creen más santos que yo, pero se fingen pecadores por miedo a insultar mi soledad. Procuran mostrar continuamente que me consideran un santo, y de esta manera se transforman en emisarios del demonio, tentándome con el orgullo.-Su problema no es intentar ser quien realmente es, sino aceptar a los demás como son. Y si va a continuar actuando así, lo mejor será que continúe en el desierto -dijo el caballero, alejándose.

PERDONANDO A LOS ENEMIGOS. El abad le preguntó a su alumno preferido cómo andaba su progreso espiritual. El alumno respondió que estaba consiguiendo dedicarle a Dios todos los momentos del día.-Entonces, ya sólo te falta perdonar a tus enemigos.El muchacho se quedó desconcertado:-¡Pero si yo no odio a mis enemigos!-¿Tú crees que Dios está enfadado contigo?-¡Claro que no!-Y de todas maneras tú imploras su perdón, ¿no es verdad? Pues haz lo mismo con tus enemigos, aunque no los odies. El que perdona está lavando y perfumando su propio corazón.

POR QUÉ DEJAR AL HOMBRE PARA EL SEXTO DÍA. Un grupo de sabios se reunió para discutir la obra de Dios; querían saber por qué no había creado al hombre hasta el sexto día. -Él quería organizar bien el Universo antes, de manera que pudiésemos disponer de todas las maravillas de la creación- dijo uno.-Él quiso primero hacer algunas pruebas con animales, para luego no cometer los mismos errores con nosotros -sostenía otro.En esos momentos llegó al encuentro un sabio judío, y se le comunicó el tema de la discusión: -Y en su opinión, ¿por qué Dios esperó al sexto día para crear al hombre?-Es muy sencillo -comentó el sabio. -Para que, cuando nos asaltase la vanidad, pudiésemos pensar: hasta el insignificante mosquito tuvo prioridad en la labor Divina.

EL REINO DE ESTE MUNDO. Un viejo ermitaño fue invitado en cierta ocasión a ir a la corte del rey más poderoso de su tiempo.-Yo envidio a los hombres santos que se conforman con tan poco, comentó el soberano.-Yo le envidio a su majestad, que se contenta con menos aún que yo. Yo tengo la música de las esferas celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, y tengo la luna y el sol, porque llevo a Dios en mi alma. Su majestad, sin embargo, apenas tiene este reino. www.paulocoelhoblog.com


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