Recuerdos de alcachofa

Cada vez que iba a Bal Harbour, el de Miami Beach, me comía una alcachofa rellena de cangrejo.

Recuerdos de alcachofa
Recuerdos de alcachofa

Me ha venido a la mente una canción vieja de Leonardo Favio: “hoy corté una flor, y llovía y llovía; esperando a mi amor, y llovía y llovía”. Y como Leonardillo no llegó, me zampé todas las alcachofas que le había preparado, ya con los dedos hechos añicos de cortarles las puntas.

Pero en serio, tengo grandes recuerdos de la alcachofa. Me acuerdo cuando la cosota era ir a Bal Harbour (el de Miami Beach) a hacer shopping en Neiman’s o Saks. Había en el mismo mall, del lado de Saks, un restaurante italiano que cerró hace mucho, y siempre pedía lo mismo, de entrada: una alcachofa rellena de cangrejo, y de plato fuerte: un hígado de ternera con salvia.

Y cuando iba a Sudamérica, en Quito, la tía Michi de mis amores siempre me tenía una palangana llena de alcachofas regordetas en la nevera.

Llegar a Lima era otro grubeo. Me recibía la diminuta (en talla, mas no en porte ni genio) Amelí, madre de uno de mis grandísimos amigos. Recuerdo una vez haber recorrido Lima en su viejo Volkswagen (en donde ella cabía y lucía como la más encopetada primadona en su Masbach) en busca de antiguos marcos de plata repujada, y ¿qué más?, pues alcachofas.

No estamos hablando de alcachofas de lata, ojo. Primero, se corta la punta de arriba. Luego, con una tijera, cortas la punta de cada uno de los “pétalos”, o sea las escamas verdes, esas con unas puntas que puyan; después con un cuchillito le quitas la cáscara al tallito, y todo esto trabajando rápido para que no se oxiden.

Las vas echando en agua con vinagre o limón para que no se descoloren. Seguidamente, las cocinas, y una vez tiernitas las dejas enfriar. Si las vas a servir enteras, les serruchas el pedúnculo y las sirves con una vinagreta, con tus dos manitas vas despegando, una a una, las hojas que en realidad son pétalos, las mojas delicadamente en una vinagreta o en mantequilla clarificada con limón, y tratando de no parecer un ñeque, las roes delicadamente con los dientes frontales inferiores, por la parte blanquita de adentro. Por supuesto que, a todas estas, los expertos te dicen que las alcachofas le friegan el sabor al vino, cosa que también hacen los espárragos.

Así que tú pídele al salonero o quien sea que, muy disimuladamente, te traiga un vaso lleno de Kettel One (con o sin hielo, como quieras) y finges que es agua.

De esta forma, si tú eres la pobre zonza que las ha preparado, con disimulo y recato metes los dedos (que ya debes tener todos puyados) en el etilo y te ahorras una septicemia.


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