Muy oronda me fui a lo que antes se llamaba Rodizio, ahora cambió de nombre a Bahía Lounge. Tenía entendido que el chef Alonso Williams había añadido algunas especialidades a la carta al menú habitual de all you can eat, al estilo de la pampa brasileña, pero no, ya habían decidido que no les servía el variante en la fórmula, así que me fregué, y a comer carne se ha dicho.
Francamente es lo único que vale la pena. Han remozado el salón y los decibeles del lado del lounge son tolerables hasta que abran la puerta. Me percaté cuando unos padres, sin nana, evidentemente, sacaron a un chiquillo en cochecito. Ojalá y haya tenido taponcitos, porque si no el pelao va a ser sordo a los 40 años. Otra cosa simpática fue Bethancourt, nuestro salonero, que nos divirtió muchísimo.
La lista de vinos tiene un margen que oscila por los 300% y no brilla por su excelencia. Pero bueno, los restaurantes con precios bajos para saciar apetitos grandes no necesariamente atraen a los bebedores de exquisiteces, como demostró la prole de la mesa contigua, y tienen que sacarle algo de plata por alguna parte, ya que por los 29 dólares con 90 y tantos centavos, recibes además de la vaca entera, una "deliciosa" mesa bufé de ensaladas, acompañamientos calien- tes y fríos tales como carbohidratos y vegetales en diversas presentaciones, algo de mariscos: había una lasaña de camaroncitos medio sabrosona y un platón de colitas de langosta completamente criminal.
En primer lugar, eran subestándar, y créeme, querido lector, que no era el caso ese que siempre te quieren cuentear "ay, es que estas son una especie más chiquita que no crece más", a lo que digo, "boñiga de toro". Tú traduce, porque yo conozco perfectamente la diferencia. Para terminar la trastada, estaban tan sobrecocinadas que estaban incomibles.
Una ensalada de corvina cocida estuvo decente, un ceviche de corvina muy bueno; también gustó un queso blanco marinado; el carpaccio de res, irónicamente, estuvo incomible. Un plato de bolitas de yuca con queso que trajeron a la mesa gustó mucho.
Entre las carnes, las ganadoras fueron la jiba, jugosa, gracias a la grasa que tiene la joroba del buey; un lomo de cerdo adquirió brillo con la adición de un excelente chimichurri que te ponen en la mesa; los choricitos de cerdo tampoco estuvieron mal, y una falda de res cocinada con parmesano fue todo un hit, al igual que un baby beef cocinado a fuego muy lento.
También nos gustaron mucho los muslos de pollo y unas pechuguitas envueltas en tocino. Me impresionaron varios cortes de carne que no son los más suaves del animal, pero que el sitio prepara con mucho cuidado, a fuego lento, durante muchas horas.
En otras palabras, es el lugar perfecto para venir, si tienes un apetito insaciable por las proteínas mamíferas, y no así por el néctar de la uva. Ah, lo que no te dicen es que cada postre es extra, y cuesta como cinco dólares. Dixit.
