Restaurante Il Grillo

Con todos los ‘tartares’, ‘tatakis’, tiraditos y ‘tatakis’, es el paraíso de carnes y pescados crudos.

Restaurante Il Grillo
Restaurante Il Grillo

La Plaza 507 se está convirtiendo en el nuevo enclave del buen comer. Además de Rodinia, que abrió sus puertas en septiembre del año pasado, ahora tiene varias semanas operando Il Grillo, franquicia venezolana que ofrece, en un ambiente chic pero relajado, favoritos como pastas, pizzas y arroces, con una selección de picadas y platos fuertes.

Con el nombre del restaurante, pensé que sería de carnes a la plancha, pero me chispoteé el italiano, ya que un grill en la lengua de Dante es una griglia.

Nos decantamos en primer lugar por una pizza cuyo secreto, según me sopló uno de los propietarios, es que cocinan la galleta o costra primero y luego le añaden las guarniciones. En este caso se trataba de pimentones fritos, feta y tomates secos. Sencilla, pero efectiva.

No tan sencillo, pero glorioso fue el segundo plato: un tataki de atún, impecablemente fresco. Muchas veces los platos de atún fallan estrepitosamente por deficiencias de la materia prima, pero en este caso casi chapoteaba en el plato. Para quienes no sepan qué es un tataki, es una carne (pescado o res) cruda, apenas sellada por fuera, y luego rebanada en lascas de 0.5 mm, a diferencia del carpaccio, más delgado, y del tartare, picado muy fino. El menú cuenta con versiones de las tres técnicas. Venía encima de una emulsión cremosa que estaba deliciosa, con ajo blanco y flecos de trufa.

Pero decía que traía salsa sambaizu, la que debe haber estado incorporada a la antedicha emulsión porque la sambaizu es una salsa rala a base de shoyu y vinagre de arroz, más bien ácida y para nada suntuosa. Pero aparte del faux pas semántico, fue el hit del día.

No es que los demás platos no estuvieran regios: un salmón con portobellos caramelizados, lascas de aguacate y teriyaki de raspadura estuvo perfecto, cocinado al punto; el risotto de ossobuco combinó perfectamente bien los dos componentes del más famoso dúo milanés (aunque se pasó de sal) y finalmente, unos lingüines con crema y aceite de trufas (dizque… ya el precio de la trufa es tan exorbitante que por lo general cuando se encuentra esencia de la misma es sintética) estuvieron muy ricos, a pesar de la intrusión de laboratorio.

Finalmente, unos farfulle con tomate, portobello y ajo estuvieron muy respetables. De postre, nos encantó el fondant de chocolate, que aunque ya un poco sopeteado, sigue siendo preferible al brownie. Dixit.


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