Apenas el tango ingresó a los salones europeos en vísperas de la Primera Guerra Mundial, fue reprobado por la Iglesia católica, explica el ensayo Tango negro, del historiador argentino radicado en París Juan Carlos Cáceres, quien explora el origen del tango en los “burdeles de Buenos Aires y Montevideo”, además de la influencia negra que le adjudican los académicos.
El papa Pío X lo condenó por “pecaminoso” y el obispo de Verdún instó a las familias a combatirlo, porque “es un poderoso disolvente de la moralidad francesa”.
El arzobispo de Lyon declaró que “esta abominable danza mata la virtud y desenfrena todos los apetitos”. Un arzobispado de París declaró que “la danza de origen extranjero conocida como tango, de naturaleza lasciva, ofende la moral”.
“Los cristianos no deben tomar parte en ella. Los confesores, en la administración del sacramento de la penitencia, deben reforzar esa orden”, reforzó el arzobispado.
El cardenal O’Connell, de la ciudad de Boston, observó en aquellos años que “si esta mujer bailarina de tango es la nueva mujer, entonces Dios nos libre de cualquier desarrollo ulterior de esta criatura anormal”.
En Georgia, el pastor Campbell Morgan declaró: “Es una regresión hacia el mono y una confirmación de la teoría de Darwin”.
La condena religiosa al tango cesó a partir de febrero de 1924, cuando el papa Pío XI aceptó recibir al experto bailarín argentino Casimiro Ain, El Vasco, quien bailó ante el pontífice acompañado por una allegada a la embajada argentina en Roma.
Al término de la exhibición bailable de El Vasco, que evitó figuras sensuales, el Papa opinó que esa danza no era “tan pecaminosa” y desde entonces “los párrocos dejaron de predicar contra el tango como danza procaz”, rememora Cáceres.
El autor afirma que “el tango es la convergencia de estilos musicales que se encontraron en el río de La Plata: la música hispano-cubana (habanera), la milonga de los gauchos, el candombe urbano de los negros de Montevideo y Buenos Aires y la música popular europea de finales del siglo XIX”.
