Mal sagrado. Así le llamaban los antiguos a la epilepsia, un trastorno derivado de una alteración de la función cerebral que pese a que todavía arroja muchas incógnitas ha estado presente desde el principio de los tiempos. De hecho hay referencias de él en el Código de Hammurabi y los tratados de Hipócrites. También en la mitología y acepciones griegas para las que su origen estaba ligado a los dioses.
Así pues el que un individuo de una forma brusca e inesperada se cayera al suelo, golpeara, orinara, mordiera la lengua, se pusiera rígido y luego experimentara una serie de movimientos extraños no tendría ninguna otra explicación más que la relacionada con alguna cuestión divina.
Los romanos vivían más en la tierra y su preocupación giraba entorno a los acontecimientos políticos por encima de las doctrinas religiosas. Por eso cuando uno de los miembros de un tribunal electoral padecía un ataque suspendían los comicios y no le daban demasiadas vueltas al tema. De ahí el nombre de "mal comicial", que aún se utiliza en nuestros días.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que la comunidad médica hiciese una valoración de verdadero rigor científico. Algo que no ocurrió hasta 1929, año en el que se publicó el primer trabajo sobre electroencefalografía. A partir del supuesto de que el cerebro genera actividad eléctrica se descubriría que la enfermedad está desencadenada por descargas anormales. Descargas que dan a lugar a un fenómeno que identifica a la epilepsia: las convulsiones.
Estas derivan en una especie de ataques que producen cambios en el estado físico, la atención y el comportamiento, desde náuseas y sudoración hasta pérdida del conocimiento, contracciones musculares, desajustes en la personalidad o alucinaciones.
Las causas son diversas. El que en el cerebro se produzca una especie de tormenta puede deberse por ejemplo a anomalías metabólicas, lesiones cerebrales, tumores, trastornos en los vasos sanguíneos, enfermedades degenerativas e infecciones. Problemas que pueden aparecer a cualquier edad. Esta patología suele darse de forma temprana.
Es más, en alrededor del 75 % de los epilépticos se inicia durante las dos primeras décadas de vida, lo cual es explicable porque el cerebro, al estar inmaduro, tiene más facilidad para producir descargas deficitarias. Lo preocupante es que a veces pasa inadvertida. Es el caso de algunos niños que en edad escolar dan la impresión de que sueñan despiertos y no prestan atención cuando en realidad son víctimas de unas convulsiones diferentes producidas por el llamado "pequeño mal". Estas provocan movimientos mínimos o inmovilidad, pérdida repentina y breve del conocimiento o la actividad consciente (que puede durar sólo unos segundos) y –quizás lo más traumático- disminución del aprendizaje y los consecuentes problemas de autoestima.
Pese a todo la posibilidad de controlar bien a un paciente es muy alta. Algunos especialistas reportan excelentes resultados hasta en el 80% de los casos. El porcentaje restante constituye el grupo que suele tener epilepsia de mal pronóstico o enfermedades neurológicas progresivas, problemas que dan lugar a complicaciones como la presentación de crisis frecuentes o deterioro intelectual.
En todo caso, la mayoría tiene una esperanza de vida similar a la población general y al igual que ésta la posibilidad de desarrollar cualquier actividad que sus capacidades le permitan.
La epilepsia no es, como mucha gente cree, sinónimo de retraso intelectual, alteraciones de la personalidad o enfermedad psiquiátrica, aunque en algunos pocos casos efectivamente esté relacionada con estas alteraciones.
