A veces por andar correteando petardos y novedades nos olvidamos de los clásicos, y Tre Scalini es un caso de estos.
Tras pedir unas sodas y un licuado de fresas que estuvo divino, comenzamos con un carpaccio de res, perfectamente aliñado con aceite de oliva, jugo de limón y alcaparras, absolutamente estupendo.
Luego nos comimos un envuelto de berenjenas relleno de ricota, con salsa de tomates, albahaca y mucha mozzarella. La porción es suficientemente generosa para compartir entre dos.
Y también desaparecimos, gaznate abajo, un rico y carnoso hongo portobelo con su propia reducción.
Pasamos a las pastas, que son el fuerte del restaurante, aunque el menú tenga una lista corta de platos donde estelariza la proteína y no el farináceo.
El sistema aquí es que eliges tu salsa, y la forma de tu pasta: penne, ravioli, spaghetti, cabello de ángel, etc. Ya sabes.
Comimos unos penne al Alfredo con jamón, muy delicados, cremosos; penne al dente, ninguna queja.
Luego vino una llamada capricciosa, al olio con pesto, tomates secos, trozos de pechuga salteados y tocino, que estuvo deliciosa.
Un poco de parmesano que te rallan en la mesa y, presto! Ah, esa nos la comimos con spaghettini.
Finalmente, optamos por aparear ravioli con una salsa cuyo nombre no recuerdo, pero que fue el wao del día: langostinos troceados, champiñones, muchísima cebollina, y por supuesto, mozzarella y pimienta fresca.
De postre, el clásico pie de chocolate de Tre Scalini y un cheesecake de arándanos (blueberries) muy bueno también. Dixit.



