¿Y eso, se come?

Cuando hablamos de caracoles, a secas, por lo general nos referimos a los de tierra, no a los de mar. En la antigua Mesopotamia y en Roma, los caracoles del género Helix eran considerados una exquisitez.

¿Y eso, se come?
¿Y eso, se come?

Este fin de semana alquilé la película Pretty Woman, y por supuesto que me dio hambre. Específicamente, me antojé de escargots, esos caracolitos que por lo general se sirven cargados de mantequilla, perejil y ajo, mucho ajo. Y me acordé por la escena esa en el restaurante donde a Julia Roberts se le escapa uno de las tenazas, que diestramente apaña el Mâitre d’.

Es lógico pensar que si el hombre prehistórico vivía en cuevas —ergo su apodo de “cavernícola”— parte de su dieta consistía en esos otros moradores de la oscuridad, los caracoles.

Cuando hablamos de caracoles, a secas, por lo general nos referimos a los de tierra, no los de mar: esos que el mundillo de la gastronomía llama escargots.

Aparte de la conjetura sobre la dieta de Cro-magnon y sus secuaces, sabemos que en la antigua Mesopotamia se comían caracoles, de la subespecie H. salomonica, y que los romanos habían logrado domesticar la subespecie H. pomata.

La H se refiere al género Helix; aunque no he encontrado más información sobre la H. salomonica, sí les puedo decir que la subespecie pomata es la que hoy conocemos como caracol de Borgoña, o escargot de Bourgogne —delicia máxima de la gastronomía gálica— y que su pariente más pequeño, el H. aspersa aspersa, es conocido como Petit-Gris en Francia, y en el resto del mundo como caracol romano o viñatero.

Desde 1985, en Francia se está cultivando una raza experimental llamada Blond des Flandres, aunque el caracolito se cultiva, además, en Bélgica, Brasil, China, Corea, España, Italia, el Reino Unido y los Estados Unidos.

VEA Un protagonista lento, pero seguro