Existe un axioma para la vida sana: "Desayuna como rey, almuerza como príncipe y cena como mendigo".
Mi granny vivió hasta los 90 y tantos en relativamente buen estado de salud, y aunque jamás la vi desayunar como un rey, sí tenía la costumbre de cenar ligero, y muchas veces hacía platos que ordinariamente se considerarían "de dulce" o que serían más cónsonos con la idea del desayuno, como unos dumplings increíbles rellenos de cerezas.
Imagínate un hampao, de esos panes chinos redonditos hechos al vapor, pero más grande, relleno de cerezas y que luego bañaba con un chorrito de mantequilla y espolvoreaba con azúcar en polvo y canela.
Probablemente esto no sirva a quienes intentan prescindir de los carbohidratos, pero para quienes tienen difícil digestión en la noche, es bastante sensato.
Por otra parte, en el campo, donde se tiene que vivir al ritmo de la tierra –al tambor de Cibeles y Proserpina a nivel macro y con la luz de Helios en lo cotidiano— se desayuna fuerte para acopiar las calorías necesarias para la intensidad física de la jornada.
Lo que trato de decir es que no tiene nada de malo invertir el orden de tus comidas; también hay quienes consideran más sano comer cinco veces, en porciones menores, que tres comidas más grandes, y hay quienes consideran éste método más sano y conducente a una esbelta figura.
Además, hay algo magníficamente reconfortante en treparte a tu camita, al final del día, con una rica tisana y un cañón de guayaba o muffin, dependiendo de qué te traiga recuerdos de seguridad; o puedes hacer un desayuno voluptuoso y cenar con tu ser amado; huevos revueltos con salmón y champaña, bagels de salmón con chardonnay, tortilla española para darle con tu manita en la boquita: las combinaciones son infinitas. Lo importante es que te concentres en tu pareja y que recuerdes que comer y beber son los dos grandes placeres.

