Tomó alrededor de una hora llegar hasta el puerto de Corotú, en el Parque Nacional Chagres, desde El Dorado. El sol brillaba, pero la delgada capa gris que cubría el cielo anunciaba el aguacero de la tarde. Dos largas y estrechas piraguas, capitaneadas por indígenas emberá con atuendos de chaquiras y sus cuerpos pintados con jagua, llevaron a la gente hasta el puerto.
El grupo se dividió en dos, 10 personas por bote para partir hacia el lago Alajuela. Durante el recorrido por el lago vieron paticuervos, que se espantaban con el ruido del motor y huían chapoteando. Bandadas de patos silbadores levantaban vuelo entre los matorrales y las garzas, como en cámara lenta, partían elegantemente. Una tortuga tomaba sol, inmóvil, observando a los visitantes.
Pasados 15 minutos, el grupo desembarcó a través de un herbazal, en una zona pantanosa. El camino estaba bordeado por un monte que llegaba al pecho. No era muy confortable, la humedad era elevada y hacía calor, pero nadie se quería perder la visita a la cueva. Dentro de ella la oscuridad era total, claustrofóbica. Tras encender algunas linternas, todos miraron con asombro las formaciones rocosas bajo su techo alto y puntiagudo. De cinco en cinco, los miembros del grupo se turnaron para entrar a los ocho metros de cueva. A la vuelta, un niño, de unos cinco años, exclamó con emoción: "¡me tomé una foto con la estalactita!"
Ya en los botes, se partió río arriba por el Chagres, rumbo a la entrada del sendero que los llevaría hasta la cascada de Quebrada Bonita. Hacía fresco y la vegetación era vistosa. Había que caminar con cuidado para no resbalar. La cascada es amplia y de aguas frías. Algunos se sentaron a merendar, mientras otros se tiraban de cabeza al río.
El grupo siguió río abajo hasta llegar a la comunidad emberá de Tuci Pono, donde fueron recibidos con bailes y música tradicional. Sus anfitriones indígenas les brindaron pescado frito con patacones y una charla sobre sus costumbres. Luego de pasar una tarde amena en Tuci Pono, el grupo continuó río abajo para retornar a la ciudad de Panamá.
Fotos y texto: Alexander Arosemena



