PAULO COELHO

La fuerza de la alegría

JESÚS. Dice Khalil Gibran que hace 20 siglos los hombres adoran la franqueza de Jesús, y no comprenden su fuerza. Jesús no vivió como un cobarde, y no murió quejándose. Vivió como un revolucionario, y fue crucificado como un rebelde.

“No era un pájaro de alas rotas, sino una tempestad violenta que rompía las alas torcidas. No era víctima de sus perseguidores, y no sufrió a manos de sus ejecutores, sino que era libre ante todos.

Jesús no descendió al mundo para destruir nuestras casas y, con sus piedras, construir conventos. Él vino a insuflar al mundo un alma nueva y fuerte, que haga de cada corazón un templo, de cada alma un altar, y de cada ser humano un sacerdote”.

Observando su vida con atención, veremos que, aunque sabía que su pasión era inevitable, procuró darnos un sentido de la alegría en cada gesto. Como dije en una columna reciente, Él debió pensar mucho antes de decidir cuál sería el primer milagro que debía realizar.

Debió considerar la curación de un paralítico, la resurrección de un muerto, la expulsión de un demonio, algo que sus contemporáneos considerasen “una actitud noble”. A fin de cuentas, sería la primera vez que se mostraría al mundo como hijo de Dios. Y como está escrito, su primer milagro fue el de convertir el agua en vino, para alegrar una fiesta de casamiento.

Que la sabiduría de este gesto nos inspire, y que esté siempre presente en nuestras almas: la búsqueda espiritual es compasión, entusiasmo y alegría.

El monje tibetano Chögyam Trungpa dice: “no es necesaria una experiencia mística para descubrir que el mundo es bueno. Basta percibir las cosas simples que existen a nuestro alrededor, ver las gotas de lluvia resbalando por el cristal, levantarse de mañana y descubrir que el sol brilla, oír a alguien reír”.

Actuando de esta manera, el mundo deja de ser una amenaza. Pasamos a darnos cuenta de que somos capaces de reverenciar el milagro de la existencia, y aceptamos que tenemos suficiente sensibilidad para ver el amor que existe en nuestra alma. Si somos capaces de ver lo que es bello, es porque también nosotros lo somos, ya que el mundo es un espejo, y devuelve a cada hombre el reflejo de su propio rostro.

Aun siendo conscientes de nuestros defectos y limitaciones, debemos conservar la esperanza y el buen humor. Al fin y al cabo, el mundo siempre se esfuerza por ayudarnos, aunque a veces tengamos la sensación de que sucede al revés.

El único gran peligro radica en confiarnos demasiado. Por más alegría que sienta en su corazón, un guerrero de la luz no debe jamás bajar la guardia. Cuando percibamos que, debido a una actitud positiva ante la vida, caemos en una especie de optimismo inconsecuente y bajamos la guardia, es bueno recordar las siguientes palabras de Confucio: “El peligro surge cuando el hombre se siente seguro de su posición. La ruina amenaza a todo aquel que intenta preservar un estado de cosas. La confusión aparece cuando colocamos todo en orden. Por lo tanto, el hombre superior no olvida el peligro cuando se siente seguro. El sabio no olvida el fantasma de la ruina cuando está en plena prosperidad”.


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