“Morir es una costumbre que sabe tener la gente”. Así escribió Jorge Luis Borges en Elogio de la sombra y ese mandato lo cumplió aquel a quien le fue negado el Nobel de Literatura.
Su mirada, entre irónica y divertida, dejó de existir el sábado 14 de junio de 1986, en Ginebra, a causa de un enfisema pulmonar.
Aunque para estar claros, esta era su segunda muerte, ya que decidió, por voluntad propia, irse de este mundo el 25 de agosto de 1983, aunque en términos estrictamente de ficción, al redactar un texto necrológico sobre sí mismo y su faena literaria.
No había terminado de ser enterrado el 19 de junio de 1986 en el cementerio Plainpalais (Suiza) y la polémica volvería a empañar su labor como creador: le cuestionaban si era realmente argentino (¿por qué vivir sus últimos años lejos de su patria?) o qué lo llevó a no ser un duro crítico de la dictadura militar de su país o por qué recibió una medalla del dictador chileno Augusto Pinochet, y ni hablar de la disputa que se desató con relación a su testamento, que favorecía a María Kodoma, secretaria con quien se casó cuando ya era octogenario y que despierta entre algunos borgianos una reacción tan negativa como la que produce entre ciertos fans de los Beatles Yoko Ono, la compañera de John Lennon.
Más allá de si Borges tenía una relación enfermiza con su madre o si no era lo suficientemente patriota, lo esencial es que hoy su amplia obra es más valiosa que el día que la publicó.
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