El amor siempre llega en momentos inesperados y de forma misteriosa, sobre todo si el objeto de afecto es una guitarra.
Para muestra un botón. Karla Lamboglia, guitarrista de Quincha, tuvo que irse a otro continente para darse cuenta de que el "instrumento de su vida" era una guitarra, y no un piano, como hubiera preferido su mamá, que desde los cinco años hizo que tomará lecciones para dominar el teclado. Fue su padre, "guitarrista de fin de semana" en palabras de Lamboglia, quien sin querer le contagió el apego a las cuerdas en un viaje familiar que hicieron a España. "Mi papá quería comprarse una guitarra flamenca hecha a mano y nos llevó a un estudio de luthiers en Madrid llamado Conde Hermanos. Cuando entré eso fue todo para mí. Me enamoré a primera vista".
En el caso de Juan Carlos Brown, quien pertenece al grupo Boca bierta, que toca covers en restaurantes, el amor por las cuerdas nació de su vocación por la música. Desde chiquito Brown "inventaba" canciones y finalmente a los 16 años empezó a tomar clases de guitarra. Su madre quería que fuera un profesional de los boleros, exactamente lo que a él menos le llamaba la atención. Lo que quería era ser rockero.
Y así aprendió a tocar las canciones Reloj y La bamba. Cuenta Brown que mientras más tocaba, peor le iba en la escuela, por lo que su mamá le cortó el presupuesto para las clases y le rompió su primera guitarra en la cabeza.
Luis Bonilla, quien toca con todo el mundo para "poder facturar", como dice, tiene una historia menos trágica con la guitarra. Un día cualquiera de sus 11 años de edad, en que estaba aburrido deambulando por la casa, se encontró una guitarra y le dio por tocarla.
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