La isla del Sol muestra su misteriosa silueta emergiendo del lago Titicaca. Navegando a unos 3 mil 800 metros de altura, vamos a conocer una civilización muy antigua que nació bajo la influencia del lago navegable más alto del mundo, compartido por Perú y Bolivia. Me acompañan Fernando Huanacuni, que representa a los sabios aymarás y es director de Protocolo de la Cancillería boliviana, y Oswaldo Rivera, un reconocido arqueólogo del mundo andino.
“Aquí emergió la vida para nosotros. El Titicaca está compuesto por dos lagos, el lago mayor tiene una forma de felino y el lago menor una forma de liebre. Titicaca, le dicen Aymará. Titi es el felino que mora por acá, Caca es el reflector del sol, la energía del sol, por eso este lago es sagrado, sagrado porque nos guarda mensajes profundos de la vida”, me cuenta Huanacuni.
Fernando y Oswaldo me guían por La Chinkana, o el laberinto, sitio arqueológico de la isla del Sol, uno de los más reverenciados. Un sendero de piedra nos conduce desde el lado sur hasta el lado norte de la isla, donde el templo de sol o Pilkokaina, que fuera la residencia y centro religioso del inca, impresiona a los viajeros de todas las épocas.
Desde la isla del Sol partieron los primeros incas, Manco Cápac y Mama Ocllo, a fundar un imperio basado en la excelencia agrícola y textil, y en el manejo respetuoso de la tierra, del agua y las montañas. Su imperio se extendió a lo largo de la cordillera de los Andes, desde el norte de Argentina y Chile, por los territorios de Bolivia, Chile y Perú, hasta el sur de Colombia, agrega Oswaldo Rivera. Han pasado los siglos desde la caída de los incas por la conquista española, pero la leyenda del origen del Incario sigue latente en la memoria de la gente del lago.
VEA Titicaca, cuna de un imperio




