El escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio solía decir que “en el Caribe todos somos marroncitos”. Hay quien precisa un poco más y afirma que los latinos somos de color “café con leche”: algunas veces un poco más de café y otras veces un poco más de leche.
Hace poco le dio al Gobierno ecuatoriano la comezón racial y, aunque pretendía averiguar asuntos culturales, terminó naufragando en manías cromáticas. De allí que en el reciente censo formulara la siguiente pregunta: “¿Cómo se identifica de acuerdo con su cultura y sus costumbres?” 1) indígena; 2) afroecuatoriano; 3) negro; 4) mulato; 5) montubio); 6) mestizo; 7) blanco; 8) otro.
Ustedes me dirán en qué se diferencia un afroecuatoriano, cuando es mucho más café que leche, de un negro; y cómo se distingue un mulato de un afroecuatoriano cuando este es un poco más leche que café. También tendrán que explicarme qué diablos hace un montubio en esta lista, siendo así que el diccionario señala que, en Colombia, Ecuador y Perú se llama así al “campesino de la costa”. Un campesino, cerca del mar o lejos de él, puede tener muchos colores: leche pura, café oscuro o la mezcla que a uno se le ocurra. Se puede ser montubio y blanco, o montubio y negro, o montubio y “otro”: amarillo, cobrizo o incluso montubio marciano verde a rayas grises.
Esos son los problemas que desmontan a todo el que se empeñe en clasificar pieles como quien ensarta mariposas y acaba confundiendo colores con condiciones sociales, condiciones sociales con recursos económicos, recursos económicos con ocupación laboral, ocupación laboral con lejana procedencia familiar y lejana procedencia familiar con actual domicilio. Por eso un descendiente de negros e indios que habita en el litoral y trabaja en el campo clasifica en los siguientes números: 2, 4, 5 y 6.
Mucho antes que el Gobierno ecuatoriano, idéntica inquietud clasificatoria asaltó a la corona española. Surgieron entonces los especialistas en crear y asignar coordenadas raciales.
Se desarrolló así todo un lenguaje para designar las derivaciones raciales. Hoy es una curiosidad lingüística. Pero hace dos o tres siglos correspondía a una ciencia compleja y alambicada. Entre los tipos de mezcla racial catalogados y nombrados, estaban los siguientes: zambo, cabro, lobo, marabú, cambujo, puchuelo, albarazado, castizo, cuatralbo, lunarejo, mulato, requinterón, cuarterón, ochavón, barcino, jarocho, moreno... En un momento dado se agotaron las alusiones aritméticas y escasearon las comparaciones zoológicas. Entonces fue preciso acudir a palabras compuestas que más parecían un chiste que una categoría: notentiendo, sacalagua, tentempié, tentenelaire, tornatrás...
El zambo es hijo de negro e india. El tornatrás es el hijo de albino y europea o europeo y albina. El tentenelaire es fruto de cuarterón y mulata o mulato y cuarterona. El cuarterón, a su turno, es hijo de mestizo y española o español y mestiza. El notentiendo y el sacalagua desaparecieron del diccionario, pero la RAE indica que el cambujo es hijo de zambaigo y china, o chino y zambaiga. En cuanto al zambaigo, se trata del crío de negro e india, o viceversa. ¿Pero acaso no era esto el zambo?
No vale la pena averiguarlo. Lo único cierto, y lo realmente sabroso, es que en estas tierras “todos somos marroncitos”, como decía el maestro Cepeda. Lo demás depende de cómo le guste a usted tomar el café...