Penetrar en las faldas occidentales de la Gran Emplanada de Chorcha es como introducirse en el mundo perdido creado por la pluma del británico Arthur Conan Doyle. Árboles inmensos, rocas imponentes y peligrosas serpientes.
Todos los interrogados sobre cómo llegar hasta el majestuoso chorro que se observa en la ruta a Los Ángeles, distrito de Gualaca (Chiriquí), nos advertían: hay muchas víboras.
Erróneamente creíamos que durante la estación seca era menos probable tener un encuentro con estos ofidios, pero resultó todo lo contrario; en esta época se acercan a las fuentes de agua y es normal hallarlos en el camino hacia este, uno de los cuatro chorros que se desploman de la cúspide de la Meseta de Chorcha.
Jonathan Asprilla, bachiller en electrónica, de 19 años, dirigía a cuatro exploradores. Partimos a las 8:30 a.m. de su residencia, cerca de la entrada de Redondito. Atravesamos una serie de potreros hasta alcanzar el río Chorcha, donde unas niñas ngäbes lavaban su ropa.
El zarzo que nos permitiría alcanzar la otra margen se encontraba en pésimas condiciones, solo un tercio de este tenía hojas de aluminio como base y el resto tenía que remontarse desplazándonos por el tendido de alambres que lo conformaban.
Luego comenzamos a escuchar el estrépito de los monos congos al aproximarnos a la gran meseta.

