El paraíso está llenándose de gente. El año pasado llegaron unos 600 mil turistas a Boracay, en el centro de Filipinas, considerado uno de los mejores destinos vacacionales del mundo, y nadaron, comieron y durmieron en una isla que solo tiene unos 18 mil residentes permanentes.
El número de personas que llegará este año debería ascender a 670 mil, y con la construcción de más y más hoteles y centros turísticos para satisfacer la demanda, la presión sobre la infraestructura de la isla está en aumento.
La única calle angosta que recorre la extensión de Boracay está repleta. Los caños de desagüe llevan la crecida hacia la playa y los tanques de agua de los hoteles repentinamente se secan.
Unas 10 toneladas de basura deben ser tratadas y desechadas a diario. "Realmente ha causado revuelo en cuanto a la congestión y al crecimiento desmedido", dijo David Light, un actor estadounidense retirado que ha estado viajando a Boracay a hacer windsurf desde 1991. "Era un entorno prístino y natural y odié verlo cambiar, pero sucedió", agregó.
Hace tres décadas, Boracay era el legendario destino secreto para una generación de mochileros: bastante desierto, con playas estupendas, unas pocas chozas y solo instalaciones básicas. Ahora hay más de 150 hoteles y restaurantes apiñados a lo largo de los cinco kilómetros.

