MEMORIAS DE UNA éPOCA DORADA

Y todo es recuerdo

‘Crónicas sobre el grupo de Barranquilla’ recoge los episodios inéditos de un conjunto de entrañables amigos entre los que figuraban artistas, periodistas, intelectuales, y escritores.

Y todo es recuerdo
Y todo es recuerdo

Era una especie de club libre con tres principios básicos: amistad, literatura y tertulia. Primero fue una tienda de barrio, de esas donde vendían dentífricos, peinillas, lociones para el pelo y cordones para los zapatos. Se llamaba El Vaivén y la regentaba Eduardo Vilá. Con la rapidez con que evolucionan las cosas en el Caribe colombiano, la tienda dejó de vender menos leche y menos pan, para vender más licor. Se convirtió en un bar, se transformó en La Cueva. Sus habitantes llegaban al caer la noche. Artistas, intelectuales, escritores, periodistas, una casta que se buscó sin buscarse. Leían a William Faulkner, Ernest Hemingway, Albert Camus, Franz Kafka o Virginia Woolf. Algunos de sus miembros: Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Orlando Rivera, Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Julio Mario Santodomingo. Muchos más.

Alfonso Fuenmayor (1915-1994) organizó sus recuerdos y en 1977 publicó un libro al que llamó Crónicas sobre el grupo de Barranquilla. Lo encontré en la pasada feria del libro de Bogotá, en el pabellón Macondo, estaba justamente en la misma vitrina de donde se robaron una de las primeras ediciones de Cien años de soledad.

Fuenmayor, escritor, periodista, traductor, intelectual, en 13 crónicas narra los episodios de una época dorada que contribuyó a la obra de grandes hombres. Dedica un buen número de páginas a un maestro, Ramón Vinyes, el viejo catalán que había leído todos los libros, y que de acuerdo con Fuenmayor, llegó a Barranquilla, Colombia, epicentro de La Cueva, huyéndole a la literatura.

Fuenmayor, escritor, periodista, traductor, intelectual, en 13 crónicas narra los episodios de una época dorada que contribuyó a la obra de grandes hombres. Dedica un buen número de páginas a un maestro, Ramón Vinyes, el viejo catalán que había leído todos los libros, y que de acuerdo con Fuenmayor, llegó a Barranquilla, Colombia, epicentro de La Cueva, huyéndole a la literatura.



 

“El sabio catalán”, nunca pudo escapar de su destino y terminó poniendo una librería en la calurosa ciudad tropical. Allí se adquirían las novedades que lanzaban las editoriales de España, Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos. Fue el fundador de Voces, que de acuerdo con Fuenmayor, era una “revista literaria no superada en Colombia”. Allí por ejemplo, se publicaron los primeros textos en castellano de Apollinaire, de Claudel, etc., y los primeros versos de León de Greiff, que por esa época firmaba como Leo Le Gris. El sabio catalán fue el insumo de los integrantes de La Cueva. García Márquez lo conoció en 1948. Con él hablaba de política, de literatura, y el viejo le aconsejaba qué leer, qué escuchar. Un día Gabito, enfrascado en la lectura de Faulkner empezó a cuestionar al poeta. — ¿Y si, después de todo, resulta que el viejo Faulkner no es más que un malditísimo retórico que nos tiene embrujados a todos (...) me gustaría tenerlo en frente para hacerle un montón de preguntas?, dijo el hombre que varias décadas después obtendría el Nobel de Literatura.

Y todo es recuerdo
Y todo es recuerdo

Vinyes le respondió: —Descuide usted, Gabito, si Faulkner estuviera en Barranquilla, estaría sentado en esta mesa”. En la parte titulada “Gabito lee a Julio Mario”, Fuenmayor relata el día en que el magnate colombiano Julio Mario Santodomingo, publicó un cuento en la revista Crónica, de la que García Márquez era el jefe de redacción. Con la mirada de un hombre que da a entender que cuando uno va, él ya viene, Julio Mario le entregó las tres cuartillas a Fuenmayor y le dijo: “están en inglés, tienes que traducirlo”. Traducido el texto, Gabito lo lee, volvió a leerlo, y al final dijo: “esto está muy bien”. Y es que Fuenmayor cuestiona el prejuicio ese de que “la afición por la literatura son especímenes de una flora o fauna que únicamente nace y prospera en los modestos estamentos económicos”. De esos que solo creen en “los poetas melenudos y piojosos”. 

Hay un capítulo que cuenta sobre la vez que el Papa intentó comprar un cuadro de otro miembro de la cueva: Alejandro Obregón. Ya para entonces, dice Fuenmayor, Obregón había hecho “un aprendizaje fundamental: sabía cobrar”. El sacerdote enviado por el Vaticano pidió una rebaja, y a cambio se ofrecerían 15 mil misas por el alma del artista. Esta fue la respuesta del pintor: “Vea padre, con respecto a la plata no rebajo un centavo. En cuanto a las misas, rebajo las que usted quiera”.


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