En muchos países, se celebra la Epifanía o Día de Reyes, dándole a los niños de la casa caramelos, o compartiendo en familia una torta, un roscón o una rosca de pan.
En muchos lugares, se mantiene la costumbre de esconder dentro de esos alimentos una haba o dije, y su uso se decanta de mil maneras.
Esta costumbre data de tiempos romanos, cuando se usaban fichas o habas pintadas de blanco o negro para votar, y durante las Saturnalias, a principios de enero, también se elegía al rey del festival con una de estas fichas.
Pronto, la ficha se comenzó a incorporar al dulce acostumbrado en la región.
Uno de los aspectos más bellos que tenía esta celebración en algunos pueblos es que siempre se apartaba una “ración para los pobres”; luego una “ración para Dios y la Virgen, y por lo general, la elegía el más pequeño de la familia.
Se apartaban también porciones para el hijo ausente, el pariente en alta mar, a servicio del rey, el pescador que no había vuelto.
Esta ración se guardaba cuidadosamente en una alacena, y si se conservaba entonces se consideraba buen augurio.
Me parece una hermosa forma de decirle a alguien: “Te tenemos presente”.
Aunque no dudo que más de un trozo habrá sucumbido ante la lipidia nocturna de algún goloso, y su desaparición, atribuida a los ratones.
VEA De brujas, pajares y confites
